Un nuevo Pentecostés
Benedicto XVI nos sugirió pedir un nuevo Pentecostés
para el mundo. ¿Qué ocurriría si Dios concediera a la Iglesia un Nuevo
Pentecostés? Se renovarían todos los aspectos de la vida eclesial, familia
y cívica, y la fe sería mucho más convincente para el mundo. Los cristianos
tendrían una fe gozosa en que Jesucristo está vivo y perseguirían una santidad
radical; también volverían a experimentar la audacia del Espíritu al predicar
el Evangelio al mundo. Tal avivamiento está cerca, dice en que Jesucristo está
vivo en que Jesucristo está vivo P. Mathias Thelen, STL.
Muchos jóvenes poseen buena formación; pero no han
tenido un encuentro personal con Jesucristo, y eso provoca que se alejen de
la práctica religiosa luego que terminan la Secundaria.
Benedicto XVI
dijo a la juventud: Es
fundamental que cada uno de vosotros, jóvenes, en la propia comunidad y con los
educadores, reflexione sobre este Protagonista de la historia de la
salvación que es el Espíritu Santo o Espíritu de Jesús, para alcanzar estas
altas metas: reconocer la verdadera identidad del Espíritu, escuchando
sobre todo la Palabra de Dios en la Revelación de la Biblia; tomar una lúcida
conciencia de su presencia viva y constante en la vida de la Iglesia,
redescubrir en particular que el Espíritu Santo es como el "alma", el
respiro vital de la propia vida cristiana gracias a los sacramentos de la
iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía; hacerse capaces así
de ir madurando una comprensión de Jesús cada vez más profunda y gozosa y, al
mismo tiempo, hacer una aplicación eficaz del Evangelio en el alba del tercer
milenio. (Jornada Mundial de la Juventud,
20 VII 2007).
En su libro Dios y el mundo, Joseph Ratzinger
explica que el Espíritu Santo se presentó bajo los signos de tempestad y de
fuego -y sobre todo del milagro del don de lenguas-, con los que la Iglesia se anuncia
por anticipado en todas las lenguas. Es la imagen opuesta a Babel. Es la nueva
sociedad la que ahora construye el Señor mediante la fuerza del Espíritu Santo,
mediante esa llama divina, a partir del corazón de las personas (p. 331).

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