Jóvenes musulmanes de Somalia tratan de quemar una iglesia en Minnesota.

 


Una familia somalí con 16 hijos se fue a vivir en Minnesota. Ellos pensaban que los cristianos eran politeístas (por la Sma. Trinidad), enemigos nuestros; cruzados, que no habían desistido de ir contra Alá, así que formaron su propio grupo de musulmanes. Cuando algunos somalíes se vestían como occidentales, los reprendían. Vieron una iglesia donde el pastor había estado en Somalia, hablaba el idioma e invitaron a familias somalíes a su iglesia. Algunos somalíes preguntaban en su mezquita sobre el cristianismo, sobre los “cruzados disfrazados”. Algunos se convirtieron, entonces trataron de boicotear la Iglesia. Vieron necesario hacer algo grande: quemar la iglesia, destruir completamente el edificio. Pensaban que estaba justificado porque hacían proselitismo con musulmanes, con ello iban a destruir un “templo pagano”. “Alá nos premiará”, pensaron. La fecha elegida fue un viernes: Agosto 10 de 2018, a las 11 p.m.

La gasolina estaba ya esparcida cuando de pronto oyeron una voz joven cantando en somalí. Antes de encender la mecha escucharon ese canto. Era de Fátima, una conversa, se arrodillaba y cantaba en somalí, ignorante que estaban a punto de destruir el edificio, y ella continuaba perdida en la adoración. En eso ella reaccionó. Fátima hablaba con amabilidad a sus “hermanos”, les explicó: “No voy a dejar esta iglesia, prefiero morir que dejar a Jesús. Dios los ama y murió por ustedes. ¿Ustedes serían capaces de morir por su fe?”. Su fe era devastadora. Uno de ellos decidió encender el fuego incluso con Fátima dentro. Una luz apareció hasta que llenó todo, en el centro, un hombre de blanco con tremendo poder y a la vez, gran amor. No pude dudar de que era Jesús, el mismo que murió hace dos mil años, era real y estaba aquí. Todos caímos de rodillas. No podíamos hacer nada ante su santidad. Conocí cada pecado, cada momento de odio hacia el cristianismo, la culpa no se podía negar. Pero a la vez experimentamos un amor incondicional. Se comunicó en somalí en el alma: “Yo morí por ustedes, regresen a mí”. Todas mis convicciones sobre el islam se hicieron polvo. Uno de ellos comenta: “El sabía que quería matar a sus seguidores, y, a pesar de todo, me miraba con amor”. Dijo: “Ven Rashid, he buscado tu alma, soy el Dios al que has querido conocer, amar”. La luz permaneció durante 3 min. Los siete lloramos, rotos, arrepentidos ante el Dios revelado. Luego volteó y vio a Fátima con una ternura inmensa. El vino a rescatarla, le dijo: “Creyente, bien hecho, sierva fiel, vi tu deseo de morir por mí, eso me honra, me perteneces para siempre”.

Olía a gasolina: Olía a muerte y mal.

El más radical de nosotros dijo arrepentido: “Vinimos a romper lo más sagrado”. Lloraba sin consuelo. Admitimos que pensábamos mal de Cristo, pedimos perdón, clamamos: “Cristo sálvanos, hazme tu discípulo como Fátima. Eres Dios”.

“Soy tuyo para siempre, quiere conocer a Jesús como Fátima”. Yo recé la oración más sincera de mi vida: “Vine aquí a quemar tu iglesia, perdóname, hazme nuevo, te doy todo, tómame, soy tuyo”.

Fátima le pidió a Dios valor para cada uno, por lo que iba a venir. “Rashid, te perdono por querer matarme”, dijo Fátima y añadió, “y Jesús también te perdona”.

Yo no merecía el perdón y se lo mencioné a los demás. Uno dijo: “¿Qué harías si vieras a Dios cara a cara?”. Rendirte. Nos rendimos. Pasamos de terroristas a discípulos. Fátima nos explicó lo que era ser salvado por gracia. Llamó al pastor. A las 4 am llegó. La evidencia del crimen era clara. El Pastor Michelle lloró de alegría: “Jesús, eres tan fiel, tan amoroso”. Vi que Jesús vivía en sus seguidores.

El pastor explicó que el bautismo era empezar una nueva vida, los siete pedimos el Bautizo, el pastor preparó todo y todos fuimos bautizados. El Pastor Michael estaba llorando de alegría, pasamos la noche entera en la iglesia. Salimos como hijos de Dios, ahora tendríamos que enfrentar a nuestras familias y comunidad. Fuimos en la tarde, viernes, a la mezquita a dar testimonio. La reacción fue la que esperábamos. El imán dijo que merecíamos la muerte, que estábamos engañados por el demonio vestido de ángel de luz. “Ahora irán al infierno. Nadie puede ser amigo de ustedes, están muertos”. Perdimos todo. Los siete experimentamos el rechazo. El pastor nos consiguió hospedaje, ropa y comida. Era un testimonio poderoso de los cristianos. Nos pusieron en contacto con otros ex musulmanes convertidos al cristianismo.

La diferencia entre el Islam y el cristianismo la vimos clara. En seis meses otros 30 musulmanes se hicieron cristianos en Minnesota, y luego otros 20, pasado el año. Encontraron libertad y alegría. El imán dio sermones contra la Iglesia, amenazó a los que investigaban. Después de cinco años ya éramos 300 los convertidos. Ahora la iglesia está dedicada a musulmanes conversos.

Jamal, que era el más violento, es ahora pastor, habla en somalí a los demás. Formaron un grupo: “Somalíes por Cristo”. Otro de los nuestros, Abraham, terminó su carrera y la usa como plataforma para exponer el Evangelio a inmigrantes somalíes.

Yo soy un discípulo caminante, he hablado en 45 Estados y varios países. Me casé con una voluntaria. Tenemos una hija llamada Grace. Vivo en Minnesota, cada vez que paso por la iglesia evangelista, doy gracias a Dios porque se me reveló. Esa iglesia ha pasado a ser vista como “tierra santa”, muchos la visitan y piden la fe. Yo lo rechacé y él me hizo su seguidor, esa noche yo morí y Jesús me hizo ministro del Evangelio. Nadie es tan malo como para no ser aceptado por Jesús, hay que investigar con honestidad y encontrar el Amor que lo cambia todo.


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