La Palabra de Dios y la catequesis
La Palabra de Dios es como un trozo de pan
duro remojado en vino, cuando uno lo mastica, sale vino, sin el Espíritu sería sólo
pan duro, dice Orígenes.
A veces hay
tareas urgentes que no son las más importantes; la predicación de la palabra de
Dios -evangelización y catequesis- implica hoy ambos valores: constituye una
función básica y primordial de la Iglesia que actualmente tiene caracteres de
urgencia.
Desde hace años
se viene lamentando la descristianización progresiva de los bautizados y
denunciando la ignorancia como causa principal de ese fenómeno de alejamiento
de la vida cristiana. Esta ignorancia era para Pío XI “la gran vergüenza de las
naciones católicas” y para Pío XII, «como una llaga abierta en el costado de la
Iglesia». A esto suman otros factores como la influencia «cultural», con la
extensión del ateísmo, materialismo, pluralismo ideológico, el paganismo, el
secularismo, la permisividad moral de la sociedad y de las leyes, etc. Es otro
ámbito cultural el nuevo «medio» en que hoy vive el creyente. Se ha pasado de
un humanismo teocéntrico a un humanismo antropocéntrico que parece querer
prescindir de Dios cuando menos. Así surge el desinterés por lo religioso. El
creyente, hoy más que en tiempos pasados, está amenazado por la duda, puesto
que le cerca la increencia.
La predicación
tiene unas exigencias nuevas que no se reducen a suplir ciertas lagunas en
conocimientos religiosos, como pudo bastar en el pasado; ahora tiene que ser más
vital y «globalizadora», más profunda y personalizadora, que capacite al
sujeto a vivir con madurez su fe.
San Juan Pablo
II nos ayuda a ser realistas, por eso escribe en la exhortación apostólica Catechesi
tradendae: Para muchos bautizados la primera evangelización no ha tenido
lugar. Cierto número de niños bautizados en su infancia llega a la catequesis
parroquial sin haber recibido ninguna iniciación en la fe... A éstos es
necesario añadir otros niños no bautizados, para quienes sus padres no aceptan
sino tardíamente la educación religiosa... Además. muchos preadolescentes y
adolescentes, que han sido bautizados y que han recibido sistemáticamente una
catequesis así como los sacramentos, titubean en comprometer o no su vida con
Jesucristo, cuando no se preocupan por esquivar la formación religiosa en
nombre de su libertad. Finalmente, los adultos mismos no están al reparo de
tentaciones de duda o de abandono de la fe, a consecuencia de un ambiente
notoriamente incrédulo» (CT 19).
Nacidos de la
Iglesia, no han entrado jamás en su corazón (La 14); no son bautizados en pleno
ejercicio, no tienen «uso de la fe» en sus vidas, o quizá carecen totalmente de
fe.
Esta ha sido (el
no haber acompañado en la fe germinal a los bautizados) una omisión lamentable
que está teniendo unas consecuencias muy graves en el pueblo cristiano.
«Todos tienen
necesidad de catequesis», dice la Catechesi tradendae, que comienza por
los párvulos para llegar a los mayores. Hasta la Edad Media, los destinatarios
casi exclusivos de la catequesis fueron los adultos. Ellos transmitían el
patrimonio de la fe a las nuevas generaciones. A partir de la Reforma se
produjo un fenómeno de inversión: la catequesis se polarizó cada vez más en los
niños y los adultos fueron quedando marginados.
Hay que
perfeccionarse cada vez más en el ejercicio del ministerio homilético,
tanto por la comprensión de la naturaleza y fin de este modo de predicación,
como por el sentido realista que se tiene sobre la situación de los
destinatarios o condiciones en que se halla la asamblea. Ahora predicamos menos
tiempo, pero más veces que nuestros predecesores. La celebración de la Misa se
convierte, cada semana, en una ocasión excepcional para prestar el servicio de
la palabra.
Tanto para el
estudio de la teología como para la predicación, el retorno «sapiencial» a
las fuentes, Sagrada Escritura y Santos Padres, es imprescindible (OT 16).

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