2o Mandamiento
“No tomarás en falso el Nombre del Señor tu Dios”
(Éxodo 20,7; Deut 5,11).
Los tres primeros mandamientos se refieren
a la relación con Dios, forman una unidad: Amar a Dios, no
tomar su nombre en vano y santificar las fiestas. Los otros siete hacen
relación a los demás y a uno mismo.
José Ignacio Munilla explica que, cuando Dios no está
en el centro de nuestra vida, las cosas están desordenadas. El primer
mandamiento y el segundo tutelan una unidad. El primero está formulado en
positivo y el segundo en negativo. Hay que evitar todo lo contrario a amar a
Dios sobre todas las cosas.
El nombre del Señor es santo, por ello no hay que
tomarlo en vano. En nuestra cultura el nombre está devaluado, y lo mismo la
palabra. Lo que se toman en cuenta, hoy, son los sentimientos. Las palabras
tienen mucho valor: “Daremos cuenta de toda palabra ociosa” (Mateo 12,36), dice
el Señor. La palabra dice lo que hay dentro del hombre. Se ha trivializado el
nombre que damos a las personas. Hay quien le pone el nombre a su hijo por su
musicalidad.
En la Biblia el nombre no es convencional,
significa la persona y su misión, es como la persona misma. Por eso es
necesario respetar el Nombre de Dios. En Génesis, cuando Dios hace una alianza
con Abram, le cambia el nombre a Abraham. A Simón Jesús le llama Pedro porque
va a ser piedra sólida.
Dios revela su Nombre y revela, a la vez, su
intimidad. El misterio de Dios no está al alcance del hombre, pero Dios ha
querido darse a conocer, se revela. El culmen de la revelación será Jesucristo.
Dios revela a Moisés su nombre, “Yavé”: Yo Soy. Es un
nombre impresionante: Yo soy el que soy. Nosotros existimos por haber sido
creado, Dios existe desde siempre, es la existencia eterna, el que da el ser a
los demás. Existes por participación del ser.
El Segundo Mandamiento custodia el hecho de que
conocer el nombre de Dios es una invitación a la intimidad con Él, por eso no
podemos pronunciar su nombre en vano.
“En el templo habita el Nombre de Dios” (Deut 12,15).
A los judíos les pareció que no podían pronunciar el nombre de Yavé, entonces
le decían Adonai, Señor, Kyrios. El verdadero respeto es ser adoradores de
Dios en espíritu y en verdad. Jesús llamó a Dios abbá (papá), y así
hemos de tratarlo, con plena confianza.
Tomar el nombre de Dios en vano es una hipocresía, es
como una cáscara vacía, es usar su nombre sin verdad como si fueran palabras
huecas, se usa sin ser consciente que me pongo en presencia de Dios. Tomar en
vano su nombre es jugar con Dios. Por eso tiene tanto sentido santiguarnos
porque es invocar su nombre y vivir de fe. Los santos invocan el nombre de Dios
con sus consecuencias, decir su nombre con respeto es expresión de amor fiel.
Esta es la base del Segundo Mandamiento.
En el Segundo Mandamiento la creatura reconoce a Dios
y tiene el santo temor de Dios. No es miedo a Dios, es miedo de
apartarse de Dios, miedo de vivir fuera de su ley. John Henry Newman dice: el
temor de Dios es el sentimiento que tendríamos ante la visión de Dios. No
tenerlo en no creer que Dios está presente; es el sentido de lo sagrado, de la
trascendencia de Dios. Es un sentimiento de humildad, de sabernos poca cosa
delante del creador.
Si se elimina el silencio, la genuflexión y la
reverencia es señal de falta de fe, es falta de conciencia de la trascendencia
de Dios. El santo temor de Dios es liberador. Mi público es Dios, las cosas las
hago en presencia de Dios.
El segundo mandamiento prohíbe abusar del nombre de
Dios, es decir, todo uso inconveniente del nombre de Dios, de Jesucristo,
de la Virgen María y de todos los santos (cfr. CEC n. 2146).
El lema de las cruzadas era: “Dios lo quiere”, Deus
vult. ¡Cuidado! Porque en una guerra se matan inocentes. No hay que dar por
supuesto que la Voluntad de Dios coincide con la mía. A veces se invoca a Dios
de una manera supersticiosa o de una manera impropia; no se debe decir: “Dios
te va a castigar”. A veces se justifica la persona diciendo: “A mí Dios me
entiende”, y así hace lo que se quiere.
El tema más grave en la invocación del nombre
de Dios es la blasfemia. El hombre está llamado a alabar a Dios, no tiene
sentido soltar una palabra que lo ofende. La blasfemia no se limita a la
palabra, también puede ser la de utilizar el nombre de Dios para justificar
prácticas criminales. En Gaza se invoca el nombre de Dios para hacer
barbaridades, de parte de los dos grupos opuestos.
Hay que reivindicar el respeto a las cosas sagradas.

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