Válete de los salmos para dialogar
Jesús está vivo y ama que le hablemos. Cuando cantamos
hay una relación entre el hipotálamo y el cerebro y así podemos conectarnos con
Dios. Este es un modo de hacer oración, compatible con la oración meditada.
La oración dialogada se hace así: Vamos a pedir
que el Espíritu Santo se derrame en nosotros. Podemos buscar un lugar donde
haya cierto silencio y que podamos estar solos con Jesús. Tomamos consciencia
de que estamos en la presencia de Dios. Después, escoger una oración o un salmo
que refleje lo que le quieres decir al Señor. Luego hay que sentir y entender
cada palabra, saborearla y hacerla nuestra; podemos adaptar esa oración para
que nuestros labios y nuestro corazón vayan a la par; podemos elevar nuestros
ojos al cielo para dirigirnos a Dios Padre y pedirle algo en nombre de
Jesucristo.
Ven Espíritu Santo que descendiste en mi
Bautismo, quiero que me ayudes a ser consciente de que pertenezco a una estirpe
real, que soy amadísimo por Dios. Inúndanos con tu gracia y ayúdanos a no
dejarte esperando.
Se puede hacer un ejercicio para aprender este tipo
bellísimo de oración. Leemos el Salmo 121 que dice: Alzo mis ojos a
las montañas y me pregunto: ¿de dónde vendrá mi ayuda? Mi auxilio me viene del
Señor, que hizo los cielos y la tierra. No permitirá que tropiece tu pie, no
duerme el que te guarda… El Señor es tu guardián, el Señor a tu derecha, es tu
sombra protectora. De día no te dañará el sol, ni la luna de noche. El Señor te
guarda de todo mal, guarda tu alma. El Señor guarda tus salidas y tus entradas,
desde ahora y por siempre.
Se trata de escribir y dialogar este Salmo con Dios,
de acuerdo a nuestras circunstancias. Lo que sigue es un ejemplo tomado,
en parte, de Esther Bonnin: Al contemplar los árboles cercanos y las
casas vecinas, me pregunto, ¿de dónde vendrá mi ayuda? Estos momentos son
difíciles y calan mi corazón. A ti levanto mis ojos porque mi ayuda procede de Ti
porque soy tu hija y me amas. Tu eres el dueño de cada montaña, de cada planta,
de cada animal, de cada alma. No permitas que resbale ni que me duerma en mis
laureles o que el orgullo me ciegue; hazme humilde. Quiero corresponder a tu
gracia. Tú, Rey del universo, me cuidas, aunque yo piense que no. Todo es para
bien porque el Señor está junto a mí. El sol no me dañará, y la luna tampoco.
Me revisto de los méritos de Cristo y de los méritos de Santa María. Por último,
te ruego que protejas a aquellos que amo, que protejas a todo este país, lo
limpies con tu Preciosa Sangre y aumentes su fe. Gracias, Señor, y protege nuestro
camino. Amén.
2200
palabras

Comentarios
Publicar un comentario