“No juzgues y no serás juzgado”
Dios nos ama mucho e incondicionalmente y quiere
liberarnos de nuestros miedos, de la colección de agravios que guardamos, de
las malquerencias y heridas. Jesús nos dice: “Préstame tu propio ser para que
seamos uno. Dame tus miserias, déjame transformar tu espíritu”. Dios nos quiere
salvar de nosotros mismos. ¿Nos dejamos? Déjale a Jesús tus pecados; Dios va a
purificar tu corazón si lo dejas.
Una frase de Teresa de Calcuta dice: “Si juzgas a
la gente no tienes tiempo de amarla”. Juzgar consume la energía que debería
dedicarse al amor y a la compasión.
Es muy fácil juzgar porque somos observadores y
pensantes, mas no hay que olvidar que el juicio le pertenece a Dios, y a
Él le disgusta que nos erijamos en jueces de nuestros hermanos, cuando no
tenemos toda la información, y, aunque la tuviéramos, es un acto que no nos
toca. Con la misma medida que medimos, seremos medidos, de allí la importancia
de ser misericordiosos. Alguien dirá: “No puedo dejar de juzgar”, pídele a Dios
no ser juez; no hay oración que no sea escuchada.
A veces no acertamos en omitir juicios sobre los demás
porque no tenemos propósito de enmienda. Tal vez vamos a confesarnos y
ni se nos ocurre acusarnos de juzgar a los demás. Y cuando lo hacemos con
corazón contrito, Jesús nos restaura con su Espíritu, con su Palabra, con su
voz.
Podemos juzgar a quien nos humilló, en vez de
perdonar, entonces perdemos una ocasión de hacer méritos ante el rostro de Dios.
¿Podemos hablar menos y escuchar más? ¿Podemos opinar menos y hablar siempre bien
de los demás?
Dices todo lo que piensas, mejor, piensa
todo lo que dices. Todo cuanto el hombre piensa, dice y hace
tiene alguna vida y continúa viviendo porque toda palabra tiene un peso.
Y, si se nos pedirá cuenta de toda palabra inútil, imaginemos qué será si esa
palabra no es sólo inútil, sino ofensiva. Por otro lado, las malas palabras
entristecen el espíritu. Hay poco comediantes como Cantinflas y nunca dijo una mala
palabra. Eso es tener genio.
Cada persona quiere demostrar que es dueña de su
propia vida, de su destino, aunque, en secreto, no lo sea tanto. La avaricia es
la raíz de todos los pecados: es querer casi todos los bienes para mí.

Comentarios
Publicar un comentario