La persona, ser de encuentro
Pregúntate: ¿Para qué estoy hecho? Para la
relación. ¿Para qué está hecho el violín? Para acompañar a los coros, para
llevarme a otra dimensión.
La persona está hecha para la relación, para el
encuentro, para convivir con los demás, y esto configura la personalidad. En
esas relaciones humanas entra la inteligencia, la voluntad, los afectos, entra
ser reconocido y amado. Por lo contrario, vemos como un desencuentro
pueda provocar que el día sea gris.
No estamos hechos para vivir solos, tengo la tarea de
generar vínculos familiares y de amistad, y eso implica invertir tiempo. Ahora
bien, al abrirme a los demás me hago vulnerable porque estoy expuesto a sufrir.
Es parte de la vida, hay que asumirlo.
En las relaciones humanas somos creativos. ¿Qué nos
une? La familia, el compañerismo, el amor, la solidaridad. El cuerpo es el
punto de encuentro con la realidad y con el otro.
¿En qué modo vives? “En modo encuentro”.
Radiografía del encuentro.
Nuestra identidad es ser seres de relación.
1º Para que haya un encuentro debe haber dos o más
personas.
2º Hay un campo común: el campo de juego: una ciudad,
una familia, un salón de clases, una empresa. Hay un “ente” de valor que no se
ve.
3º Que ambos crecemos, es el primer termómetro.
4º En el encuentro con el otro descubro quién soy (profesor,
amigo, madre, etc.). En
el encuentro se pone en función toda mi humanidad. Esto no se da de forma
automática.
Un rato de oración puede ser un momento de encuentro
con Dios; el acompañamiento espiritual también puede serlo.
Condiciones del encuentro y sus frutos.
Trae a tu memoria un encuentro que haya sacado lo mejor de ti, ese encuentro te
hace sentir único, especial. En ese encuentro hay una mirada que no juzga, hay
aprecio, me permite abrirme, compartir. Hay respeto. Cuando descubro al otro, “no
lo uso”, lo estimo, puedo colaborar con él. No estoy hecho para estar enfadado
con el otro; el perdón, sana, acoge; el perdón es un aliado.
Ámbitos del encuentro personal.
Hay varios ámbitos de encuentro personal: con el tú, con el yo, con el
nosotros, con lo trascendente, con Dios.
En el encuentro conmigo mismo se hace necesario
tomar distancia, contemplar y preguntar: ¿quién soy?, ¿qué es lo específico? Estoy
hecho para la unidad de cuerpo y alma, de mente y corazón, de convicciones y
vida, pero hay además dos relaciones esenciales: la amistad y el amor. Éstos
últimos nos ayudan a descubrir quién es el ser humano. Una tarea de todos es
preguntarse ¿quién soy? Y esta pregunta puede generar asombro porque nos
conocemos y, a la vez, nos desconocemos. Esa pregunta es relevante en la
adolescencia para descubrir nuestra identidad. Cuando hay suficiente formación
la persona contestará: soy hijo de Dios, soy varón, soy deportista, soy una
persona en búsqueda, etc.
Luego está el encuentro con el nosotros. Hay que
trabajar a fondo el sentido de pertenencia: soy mexicano, soy de X familia,
soy del ejército, soy de un grupo musical o deportivo, etc. Los adolescentes
tienen un radar finísimo para captar quien los quiere, quien los acoge, por eso
son esenciales las amistades. Una buena amistad enseña a vivir con libertad una
vida que tiene normas y con ella podemos compartir lo que llevamos dentro.
Ámbito de lo trascendente.
¿Qué sentido tiene vivir? Podemos descubrir que nuestro corazón está hecho para
lo infinito por eso ningún amor humano nos va a satisfacer del todo. Estoy
hecho para amar y ser amado. ¿Qué me han aportado los encuentros
significativos? Tal vez me ayudan a aumentar el amor a mí mismo, me llevan a
aumentar mi amor por la verdad, me ayudan a usar bien de mi libertad (no me
esclavizan), me motivan a adquirir virtudes, curan las heridas de mi alma, me
hacen mejor persona, me ayudan a entender la cruz, fomentan metas altas e
ideales; me hacen sentir bien, me llevan a profundizar en el conocimiento
propio, me acompañan a compartir la cultura, me alejan de la “cultura de la
muerte” (drogas, pornografía, sexo libre).

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