Lawrence Feingold, ateo converso
Relata él mismo Lawrence: Fui educado sin religión,
aunque siempre tuve interés en las diversas religiones. Mi padre era judío y mi
madre, protestante, pero ninguno practicaba su fe. Mi padre renunció al
judaísmo a los trece años, y yo crecí con cierta identidad judía. Estudié
Historia del Arte en la Universidad de Washington y la maestría en la
Universidad de Columbia. El profesor Norris K. Smith nos enseñó a estudiar el
arte primariamente como expresión de las creencias y convicciones concernientes
a Dios, al hombre y al mundo. Nos explicó que cada obra maestra era expresión
de la cosmovisión del artista y de su visión de la naturaleza de la realidad.
Nuestra preferencia y admiraciones por las obras de arte no puede ser
divorciada de la visión del mundo que lo anima. Los mejores trabajos artísticos
están sostenidos por una visión verdadera y profunda de la realidad y de la
persona humana, en cambio los periodos de decadencia, muestran una visión falsa
y superficial del mundo. Comparaba las obras y preguntaba si preferíamos una
pintura de Rembrandt en nuestra habitación o un retrato de Willem de Kooning
(arte abstracto), donde la mujer aparece deshumanizada, fea y donde no aparece
la imagen de Dios. Mi creciente admiración por el arte cristiano no me llevó a
rezar ni a convertirme, pero sí me ayudó a dar algunos pasos, quizás necesitaba
una prueba personal.
Mi esposa, Marsha, era judía, pero perdió su fe
durante sus estudios universitarios. En este tiempo mi esposa y yo vivíamos en
Toscana (Italia), en un pequeño pueblo llamado Pietrasanta, donde yo hacía
trabajos de escultura.
En 1988, mi esposa empezó a padecer una gran ansiedad con
seis meses de embarazo, al punto de que no quería vivir. Este fue el
catalizador que Dios preparó para nuestra conversión. Vi que necesitaba más
amor; comprendí la insuficiencia de mi amor y de todo amor humano. ¡Cuánto
anhela el ser humano ser amado por sí mismo! Pensé: “¿Cómo podemos anhelar
tanto amor si no hay un Dios?, si no hay un Dios que nos ame como Padre la sed
del alma humana, de amar y ser amada, está condenada a la frustración”.
La belleza del amor conyugal reside en que nos permite
ver a la persona humana tal como es: tremendamente vulnerable, tremendamente
digna de amor. Vi que la persona humana es más digna de amor de lo que nosotros
somos capaces de amar. Si no existe un Dios que ame al Hombre con un amor
perfecto, la persona humana sería absurda. Por tanto, me asaltó la idea de que
Dios debe existir para que la vida no sea vana. Comprendí que la capacidad de
amar es un don de Dios que debemos implorar. El amor es capaz de fortalecer
nuestra mente y abrir los ojos de nuestra alma para ver lo que debimos haber
visto desde siempre. El ser humano se desvanece sin el creador.
Así que me dispuse a rezar por primera vez. Tomé el
tren a Florencia para orar en el Duomo, obra de Brunelleschi. En el camino
sentí la necesidad de hacer esta oración: “Enséñame a amar, enséñame a ser luz
para los demás”. No sé porqué recé así, pero me agradó. Tenía 29 años. Tras
esta oración recordé las palabras del Salmo 2: “Tú eres mi hijo, yo te he
engendrado hoy”. Aunque ateo, conocía la Biblia por mis estudios de historia
del arte y religiones comparadas. Y por gracia de Dios comprendí que esas
palabras iban dirigidas a Jesucristo, su Hijo, a mí y a todos, en Cristo.
Comprendí el misterio de la filiación divina. Recé: “Dios: Enséñame a amar a mi
esposa y a otros”. Fue un momento del Espíritu. Me vino a la mente las palabras
del Padre a Jesús en el Bautismo. “Este es mi Hijo muy amado en quien encuentro
mis complacencias”. Comprendí que esas palabras eran para mi esposa y para mí
(y para todos) y que debíamos hacernos cristianos.
Hasta entonces sentía una gran atracción por la figura
de Jesús, pero no comprendía su relación conmigo ni creía en su divinidad, pero
todo cambió. Comprendí que Él se hizo hombre para que todos, judíos y gentiles,
pudiéramos ser amados y adoptados como hijos.
Fuimos a Misa el domingo próximo y el sacerdote habló
del Buen Pastor y eso nos removió. Sin embargo, oscilaba entre el catolicismo y
el protestantismo. Cuando creía en la fe católica me invadía una alegría
profunda, cuando optaba por el protestantismo sentía tristeza, este ciclo se
repitió varias veces, con las mismas consolaciones y desolaciones. En un
momento dado optamos por el Anglicanismo, en Florencia, pero al leer a Henry
Newman y a otros, optamos por el catolicismo. Fuimos recibidos en la Iglesia
Católica el 25 de marzo de 1988 durante la Vigilia pascual. (Fuente: hebrewcatholic.net/lawrence-feingold-std-stl).
Hasta aquí el relato del doctor Lawrence Feingold.
Posteriormente estudió Filosofía y Teología en la Universidad Pontificia de la
Santa Cruz, en Roma (1990-1999); estudió griego y hebreo en Jerusalén en el
Studium Biblicum Franciscanum, vivió en Argentina, y fue profesor de
Teología en el Instituto de Teología Pastoral Ave María. Actualmente también es
director de la Asociación de Católicos Hebreos.

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