Ascética y mortificación de los sentidos
Blaise Pascal enseñó: “Jesús
estará en agonía hasta el fin del mundo: es preciso no dormirse durante todo
ese tiempo”.
Un profesor decía: “La
ascética es el itinerario para la construcción del hombre”. Somos seres en
proceso de construcción. En donde hay viñas, las suelen podar cada
año, para que la vid dé frutos. Cuando no se tiene el coraje para podar
sólo crecen hojas. “Cuando nos creemos dueños de nosotros mismos y con poder
para juzgarlo todo, nos destruimos. Porque no estamos en una isla con nuestro
propio yo, no nos hemos creado a nosotros mismos; hemos sido creados y creados
para el amor, para la entrega, para la renuncia, sabiendo negarnos a nosotros
mismos. Sólo si nos damos, sólo si perdemos la propia vida –como dijera Cristo-
tendremos vida” (Cardenal Ratzinger, La
sal de la tierra, p. 179).
San Agustín conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía “retorcidísima y enredadísima
complicación de nudos” (Confesiones,
II, 10.18.). En su tratado La utilidad del ayuno, escribía: “Yo sufro, es verdad, para que Él
me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a
sus ojos, para gustar su dulzura” (Sermo 400, 3,3: PL 40, 708).
Santa Cecilia pertenecía a una de las más nobles, de las más
antiguas familias de Roma, esa gens Caecilia que durante los siglos de la
República había estado aliada con cuanto tuvo alguna gloria... ¿Cómo pudo ser
tocada "desde la infancia" en este medio de la alta aristocracia?
Quizá su bautismo fuese obra de alguna nodriza, de alguna esclava fiel a
Cristo. Cecilia creció, pues, en la fe, en el hogar de sus padres, en alguna de
esas ricas villas edificadas después del incendio de Nerón. Y el viejo texto
asegura que "llevaba un cilicio bajo sus ricos vestidos bordados de oro y
que el Evangelio estaba en su corazón. (cfr. Daniel-Rops, La Iglesia de los
Apóstoles y de los mártires, Palabra).
La mortificación
corporal es necesaria porque el cuerpo hay que tenerlo a raya, es decir,
bajo control, sino, hace traición. Su propósito es disciplinar los sentidos,
dominar las pasiones y unirse a Jesucristo. Esa mortificación corporal puede
consistir en el ayuno, el baño de agua fría, no comer siempre lo que me gusta.
San Pablo nos dice en
la Carta a los Romanos: No hago el bien que quiero sino el mal que no quiero… (7,
19-25). San Pablo se encontraba atenazado por el pecado y logró vencer y decir:
“Ya no vivo yo, sino que Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2,20).
Jesús se sometió a la
tentación para darnos ejemplo y para que no perdamos nunca la confianza de
poder vencer con la ayuda de la gracia.
El
ayuno en Cuaresma está dirigido a que después de Cuaresma seamos
moderados. Si me encanta el café y lo dejo en Cuaresma, pero el día que termina
me tomo dos litros, me sirvió de poco para fortalecer el espíritu.
Santa Catalina de
Génova escribe: El mayor dolor en el Purgatorio es ver que las puertas del cielo Dios
las tiene abiertas para todos y que uno durante su tiempo en la vida terrenal,
rechazó las purificaciones. En el purgatorio el alma puede ver el infinito amor
y la infinita misericordia de Dios y las veces que le dimos la espalda por
nuestros deseos y voluntades. Entonces, el alma misma reconoce y ve que aún el
Purgatorio es demostración del infinito amor y misericordia de Dios.
El mejor espíritu
de sacrificio es la
perseverancia por acabar con perfección la labor comenzada; la puntualidad; el
cuidado de las cosas, que tenemos y usamos; en el afán de servicio, que nos
hace cumplir con exactitud los deberes más pequeños; y en los detalles de
caridad, para hacer amable a todos el camino diario: una sonrisa puede ser, a
veces, la mejor muestra de nuestro espíritu de penitencia.
La beata Ana Catalina Emmerick dice que Jesús aconsejaba que lo que se
privaban en alimento, bebida y superficialidades de la vida, la pusieran con
confianza en las manos de Dios, con la petición de que lo haga llegar a los
pobres y necesitados. El Padre, que está en los cielos oirá, como buen
Dispensador, la oración (cfr. tomo 8 p. 303).
San Rafael
Arnaiz –trapense- dejó un diario a su muerte: Señor, mándame lo que sea, o flores o espinas, ¿qué más da? No me he de
detener en mirar nada, pues con mirarte a Ti tengo bastante... ¡Qué más da
flores o espinas si eres Tú el que las das!... Nosotros, si hablamos de cruz,
es para quejarnos con egoísmo; si buscamos consuelo, a nosotros nos buscamos. A
Ti te tengo, tengo tu amor, lo tengo todo (324). Le he dicho (en la oración)
que yo no puedo hacer nada, y me ha dado a entender que no me apure, que Él no
quiere nada de mí más que le ame, que le acompañe, que tenga oración que con
ella lo puedo todo y que confíe en Él.

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