¿Por qué Dios nos quiere tanto?
Porque estamos hechos a su imagen y semejanza, a veces al hombre no le
basta eso y quiere ser como Dios. Somos poca cosa –un saquito de pus- y sin
embargo Dios nos ama. Eso es lo que menos entiende satanás. Dios nos dice: “No intentes comprender por qué te quiero.
No podrías”.
En tiempos de los
primeros cristianos (Hch 2,46), había una característica que llamaba
poderosamente la atención de todos: la alegría. Estaba muy cercano el paso de
Nuestro Señor Jesucristo entre ellos. Cuando se reunían en la Eucaristía,
algunos de ellos aún tendrían el recuerdo de Jesús bendiciendo el pan y
repartiéndolo. También estaban alegres porque habían visto grandes prodigios y
eran testigos fieles de las maravillas que había hecho Dios. Ellos, que habían
conocido la esclavitud del pecado, experimentaron la libertad que trajo el
Redentor. Pedirle a Dios conocer la
libertad de los hijos de Dios.
Hoy, ya no es tan
fácil encontrar la alegría. De hecho, se ha vuelto más bien excepcional. Todo
el mundo suele ser áspero, impaciente, a veces duro y no nos extraña
conocer a gente con amarguras y rostro disgustado. Esa especie de penosa
desesperación que se ve en la calle se ha convertido en algo habitual. Tal vez
hoy más que nunca apreciamos a la alegría como una característica de las
personas santas.
La alegría es
misteriosa: Muchas personas veían perplejas a la Madre Teresa de
Calcuta con su sonrisa y alegría que salía del alma mientras dedicaba sus
cuidados a los menesterosos y enfermos que todo el mundo rechazaba.
Como nos dice el
Santo Padre (Aloc. 24-11-1979) “La alegría cristiana es una realidad que no se
describe fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio.
Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del
Hombre, no puede menos de experimentar en lo intimo un sentido de alegría
inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo... ¡No apaguéis esta
alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado!
La tristeza hace
mucho daño: ver el ejemplo de Judas.
El Apostolado de
la Alegría
Hemos de fomentar la alegría porque somos caminantes que van rumbo a su
felicidad terrena y eterna, sino, algunos nos podrán reprochar que dónde está
nuestra fe. El filósofo Nietzsche decía: “Dice que les espera un paraíso de
felicidad en el cielo, pero viven tan tristes y de mal genio como si fueran
caminando hacia el infierno”.
El cristiano no
puede tener el rostro arisco, no puede tener en su corazón sentimientos
intolerantes o pesimistas. Dios nunca nos abandona, y estar en comunión con Él
en el cielo es una promesa que debe alegrarnos permanentemente.
Algo que nunca nadie
puede atacar, una espada cuyo filo es suave, ante la cual no hay escudo, es la
alegría. La alegría es propia de los enamorados. “La alegría es el amor
disfrutado; es su primer fruto. Cuanto más grande es el amor, mayor es la
alegría” (SANTO TOMÁS, Suma Teológica).
Dios es amor (1, 4,8) enseña San Juan; un Amor sin medida, un Amor eterno
que se nos entrega. Jesús dijo en la Última Cena: Y Yo os daré una alegría que nadie os podrá
quitar (Juan 16, 22). “Un santo triste es un triste santo” se ha
escrito con verdad. La tristeza tiene una íntima
relación con la tibieza, con el egoísmo y la soledad. El Señor nos pide el
esfuerzo para desechar un gesto adusto o una palabra destemplada para atraer
muchas almas hacia Él, con nuestra sonrisa y paz interior, con garbo y buen humor.
Si hemos perdido la alegría, la recuperamos con la oración, con la Confesión y
el servicio a los demás sin esperar recompensa aquí en la tierra.

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