Significado del matrimonio
¿Qué significado tienen el matrimonio y la familia
tienen en el designio de Dios? La cuestión de la justa relación entre el hombre
y la mujer hunde sus raíces en la esencia más profunda del ser humano. No puede
separarse de la pregunta antigua y siempre nueva del hombre sobre sí mismo:
¿Quién soy? ¿Qué es el hombre? Y esta pregunta, a su vez, no puede separarse
del interrogante sobre Dios: ¿Existe Dios? ¿Y quién es Dios? ¿Cuál es su
verdadero rostro? La respuesta de la Biblia a estos dos interrogantes es
unitaria y consecuente: el hombre es creado a imagen de Dios, y Dios mismo es
amor. Por este motivo, la vocación al amor es lo que hace del hombre la
auténtica imagen de Dios: se hace semejante a Dios en la medida en que se
convierte en alguien que ama.
Desde esta conexión fundamental entre Dios y el hombre
se deriva otra: la conexión indisoluble entre espíritu y cuerpo. En efecto, el
hombre es alma que se expresa en el cuerpo y cuerpo que es vivificado por un
espíritu inmortal. Por lo tanto, también el cuerpo del hombre y de la mujer
tiene, por así decir, un carácter teológico, no es simplemente cuerpo; y lo que
es biológico en el hombre no es sólo biológico, sino expresión y cumplimiento
de nuestra humanidad. Del mismo modo, la sexualidad humana no está al lado de
nuestro ser persona, sino que le pertenece. Sólo cuando la sexualidad se
integra en la persona logra darse un sentido a sí misma.
Así, de las dos conexiones, la del hombre con Dios y, en el hombre, la del
cuerpo con el espíritu, surge una tercera: la que se da entre persona e
institución. En efecto, la totalidad del hombre incluye la dimensión del tiempo
y el "sí" del hombre es un ir más allá del momento presente: en su
totalidad, el "sí" significa "siempre", constituye el
espacio de la fidelidad. Sólo en su interior puede crecer la fe que da un
futuro y permite que los hijos, fruto del amor, crean en el hombre y en su futuro
en tiempos difíciles. Por lo tanto, la libertad del "sí" se revela
como libertad capaz de asumir lo que es definitivo: la expresión más elevada de
la libertad no es entonces la búsqueda del placer, sin llegar nunca a una
auténtica decisión. Aparentemente, esta apertura permanente parece ser la
realización de la libertad, pero no es verdad: la verdadera expresión de la
libertad es por el contrario la capacidad de decidirse por un don definitivo,
en el que la libertad, entregándose, se encuentra a sí misma.
En concreto, el "sí" personal y recíproco del hombre y de la mujer
abre el espacio para el futuro, para la auténtica humanidad de cada uno y, al
mismo tiempo, está destinado al don de una nueva vida. Por este motivo, este
"sí" personal tiene que ser necesariamente un sí que es también
públicamente responsable, con el que los cónyuges asumen la responsabilidad
pública de la fidelidad, que garantiza también el futuro para la comunidad. En
efecto, ninguno de nosotros se pertenece exclusivamente a sí mismo: por tanto,
cada uno está llamado a asumir en lo más íntimo de sí su propia responsabilidad
pública. Por consiguiente, el matrimonio como institución no es una injerencia
indebida de la sociedad o de la autoridad, una imposición desde el exterior en
la realidad más privada de la vida; es por el contrario una exigencia
intrínseca del pacto de amor conyugal y de la profundidad de la persona humana.
Las diferentes formas actuales de disolución del matrimonio,
como las uniones libres y el "matrimonio a prueba", son expresiones
de una libertad anárquica, que se presenta injustamente como auténtica
liberación del hombre. Una pseudo-libertad así se basa en una banalización
del cuerpo, que inevitablemente incluye la banalización del hombre. Su
presupuesto es que el hombre puede hacer de sí lo que quiera: su cuerpo se
convierte de esta forma en algo secundario, manipulable desde el punto de vista
humano, que se puede utilizar como se quiera. El libertinaje, que se presenta
como descubrimiento del cuerpo y de su valor, es en realidad un dualismo que
hace despreciable al cuerpo, dejándolo, por así decir, fuera del auténtico ser
y dignidad de la persona.
Matrimonio y familia en la historia de la salvación
La verdad del matrimonio y de la familia, que hunde
sus raíces en la verdad del hombre, ha encontrado realización en la historia de
la salvación, en cuyo centro está la palabra: "Dios ama a su pueblo".
En efecto, la revelación bíblica es ante todo expresión de una historia de
amor, la historia de la alianza de Dios con los hombres. Por consiguiente, la
historia del amor y de la unión de un hombre y una mujer en la alianza del
matrimonio ha podido ser asumida por Dios como símbolo de la historia de la
salvación. El hecho inefable, el misterio del amor de Dios por los hombres,
toma su forma lingüística del vocabulario del matrimonio y de la familia, en
positivo y en negativo. El acercamiento de Dios a su pueblo se presenta, en
efecto, con el lenguaje del amor esponsal, mientras que la infidelidad de
Israel, su idolatría, se designa como adulterio y prostitución.
En el Nuevo Testamento, Dios radicaliza su amor hasta hacerse Él mismo, en su
Hijo, carne de nuestra carne, verdadero hombre. De este modo, la unión de Dios
con el hombre ha asumido su forma suprema, irreversible y definitiva. Y así se
delinea también para el amor humano su forma definitiva, ese "sí"
recíproco que no puede revocarse: no aliena al hombre, sino que lo libera de
las alienaciones de la historia para reconducirlo a la verdad de la creación.
La sacramentalidad que el matrimonio asume en Cristo significa, pues, que el
don de la creación ha sido elevado a gracia de redención. La gracia de Cristo
no se une desde fuera a la naturaleza del hombre, no le hace violencia, sino
que la libera y la restaura, precisamente al elevarla más allá de sus propios
límites. Y como la encarnación del Hijo de Dios revela su verdadero significado
en la Cruz, así el amor humano auténtico es donación de sí, no puede existir si
quiere sustraerse a la cruz (Benedicto XVI, V Encuentro Mundial de Familias).

Comentarios
Publicar un comentario