Dentro de 50 años, en ese lejano 2075, ninguno de nosotros estará aquí. Nuestros pasos se habrán borrado de la tierra y nuestras voces se habrán apagado en el viento. Personas que jamás conoceremos vivirán en nuestras casas, usarán nuestras cosas, y ni siquiera imaginarán que un día reímos, lloramos o soñamos entre esas paredes. Seremos apenas un nombre perdido en la memoria de quienes nos amaron… y luego, incluso ese nombre será polvo. Y cuando uno comprende eso, la vida se revela con una claridad inmensa: - qué inútil es vivir con enojo, compitiendo, envidiando… como si fuéramos eternos. - Qué absurdo correr tras lo perfecto mientras el tiempo, silencioso e implacable, sigue su camino. La vida —tan breve, tan frágil, tan sagrada— no fue hecha para sufrir, sino para sentirse y ser amado. Nos toca agradecer cada amanecer, cada abrazo, cada alimento, cada respiro. Podemos valorar más a familiares y amigos, quienes hoy caminan con nosotros, sabiendo que no siempre estarán, así ...