Amor eterno
¿Qué significa descansar en Dios? Significa soltar el control de las situaciones, dejar de cargas preocupaciones con las propias fuerzas y confiar plenamente en la soberanía de Dios; es decir: “Jesús, en ti confío. Tú encárgate”.
Había un joven con un trabajo abrumador. Se dio tiempo
para hacer un retiro de una semana. Relata: “Volví a recordar lo que eran las
florecillas amarillas, los insectos y las estrellas. Leí. La literatura nos
ayuda a reflexionar. Y finalmente pude volver al trabajo con nuevos bríos, por
primera vez, en meses”. El trabajo de descanso contribuye a recargar las
energías necesarias para hacer trabajo profundo. Pero el ocio no ha hecho santo
a ninguno. Orar es amar. Amar es trabajar.
San Gregorio Magno señala: “Amarás a tu prójimo como a
ti mismo; pero tratándose del amor que se debe profesar a Dios, no se señala
límite alguno”.
Si
quieres saber a quién verdaderamente amas, sólo piensa para quien siempre
tienes tiempo, a quien le das lo mejor de ti. Allí está la respuesta. Anónimo.
Si una persona hace oración, podrá
oír en el fondo de su corazón que Jesús le dice: “El tiempo que pases en la
tierra es el tiempo que tú puedes hacerme feliz a Mí. En la eternidad Yo soy el
que te hará feliz a ti. Aprovecha, pues, cada instante de tu vida para darme
esa felicidad… Ustedes son mi sueño porque son mi proyecto. Mis pensamientos ya
son realidad, no sueños. Ustedes son mi sueño, porque sueño que un día serán
Jesús… ¿Sabes a qué me dedico? A amarte. Tú, dedícate a amarme” (R. Sada, Oír tu voz, pp. 186-190).
Nos
podemos fijar en unas palabras de Benedicto XVI: El testigo debe ser algo
antes de hacer algo. El discípulo debe ser amigo de Jesús, para no
transmitir sólo conocimientos de segunda mano, para ser testigo verdadero. No
hay modo de ser apóstol de Jesucristo si no hay inventiva, originalidad,
iniciativa en mi afectividad. Darle sorpresas a Jesús, sorprenderle. Consiste
en saber tocar el Corazón de Jesús. Mucho antes que pecador soy amado de
Jesucristo. La belleza y la
plenitud de la vida dependen de la calidad de nuestro amor a Jesucristo. Jesús
iba a visitar a sus amigos, a sanar y a predicar por propia iniciativa. No
podemos olvidar que antes que la nuestra está la iniciativa de Dios. Él es el
que sale a nuestro encuentro. Considerar su iniciativa por cada uno de
nosotros. Ante cualquier cosa que nos pasa se compadece. El amor de Dios se
llama misericordia porque yo tengo miserias. La Cruz es el amor de Dios que no
puede más.
Según la teología rabínica, la idea de la
alianza, de crear un pueblo santo que esté ante Dios y en unión con Él, es
anterior a la idea de la creación del mundo; más aún, es su más honda razón de
ser. El cosmos fue creado para que hubiera un espacio para la “alianza”, para
el “sí” del amor entre Dios y el hombre que le responde. (Cfr. Benedicto
XVI, Jesús de Nazaret, II, p. 97).
El
Obispo de Helsinki, un vasco llamado Raimo Goyarrola, dice: “Yo me
enamoré de Jesús desde muy joven. Y este amor no ha hecho más que crecer,
empujándome a llevarlo a otros” (Romper el Hielo, Palabra, Madrid 2025,
3ª ed., p. 12).
San Agustín nos interpela: “¿Qué queda de tu corazón
para que puedas amarte a ti mismo?, ¿qué queda de tu alma?, ¿qué de tu mente? Ex
Toto. Totum exigit te, qui fecit te”, quien te hizo exige todo (San
Agustín, Sermo 34, 4,7). Si nos sabemos amados por Dios seremos dichosos. El amor de
Dios es creador. El Señor no quiere nuestra desgracia, quiere nuestra
fidelidad. Cuando permite contradicciones grandes es para purificarnos.
Lo importante es que Dios nos ama; sostenidos por esta luz, la vida ordinaria
adquiere su profundo sentido sobrenatural. Desaparece la monotonía. Podemos
decirle al Señor: “Si tú no me sostienes, se desenfoca todo”. Dios nos ha diseñado para ser santos. “El amor
satisface por sí solo... es lo único con lo que la criatura puede responderle a
su Creador”, dice S. Bernardo (Sermo 83).
Existe
una ley en todo el universo según la cual nadie puede ser coronado a menos que
haya luchado. La única manera en que uno puede demostrar que ama es realizando
un acto de elección. Por eso el hombre vale más o menos, no por lo que tiene o
lo que es, sino por lo que decide.
El Señor le dijo a Gabriela Bossis: “Cada
alma tiene su manera de amar. No me prives de la tuya. Yo no confundo las
cosas. Yo disfruto de vuestras maneras especiales. Desde el comienzo del mundo,
ninguna se parece a otra; es lo que hace la sinfonía de mis delicias. ¿No tengo
derecho a ello? Y sin embargo, yo no exijo nada. Espero”... Me gustaría tanto,
hija, que contaras conmigo... Pregúntate lo que Yo represento en tu vida, y no
seas toda para ti, sino toda para Mí. Y Yo me ocuparé de ti. Todo sufrimiento
que me ofreces por amor me consuela en mis sufrimientos. Si me amas, regocíjate
de sufrir, pues en eso estamos unidos (Él
y yo, n. 334y 162).
"Cuan equivocados
estamos al pensar que dejamos de enamorarnos cuando envejecemos, sin saber que
envejecemos cuando dejamos de enamorarnos", escribió García Márquez.
¿Qué significa descansar en Dios?
Significa soltar el control de las situaciones, dejar de cargas preocupaciones
con las propias fuerzas y confiar plenamente en la soberanía de Dios; es decir:
“Jesús, en ti confío. Tú encárgate”.
Había un joven con un trabajo abrumador. Se dio tiempo
para hacer un retiro de una semana. Relata: “Volví a recordar lo que eran las
florecillas amarillas, los insectos y las estrellas. Leí. La literatura nos
ayuda a reflexionar. Y finalmente pude volver al trabajo con nuevos bríos, por
primera vez, en meses”. El trabajo de descanso contribuye a recargar las
energías necesarias para hacer trabajo profundo. Pero el ocio no ha hecho santo
a ninguno. Orar es amar. Amar es trabajar.
San Gregorio Magno señala: “Amarás a tu prójimo como a
ti mismo; pero tratándose del amor que se debe profesar a Dios, no se señala
límite alguno”.
Si
quieres saber a quién verdaderamente amas, sólo piensa para quien siempre
tienes tiempo, a quien le das lo mejor de ti. Allí está la respuesta. Anónimo.
Si una persona hace oración, podrá
oír en el fondo de su corazón que Jesús le dice: “El tiempo que pases en la
tierra es el tiempo que tú puedes hacerme feliz a Mí. En la eternidad Yo soy el
que te hará feliz a ti. Aprovecha, pues, cada instante de tu vida para darme
esa felicidad… Ustedes son mi sueño porque son mi proyecto. Mis pensamientos ya
son realidad, no sueños. Ustedes son mi sueño, porque sueño que un día serán
Jesús… ¿Sabes a qué me dedico? A amarte. Tú, dedícate a amarme” (R. Sada, Oír tu voz, pp. 186-190).
Nos
podemos fijar en unas palabras de Benedicto XVI: El testigo debe ser algo
antes de hacer algo. El discípulo debe ser amigo de Jesús, para no
transmitir sólo conocimientos de segunda mano, para ser testigo verdadero. No
hay modo de ser apóstol de Jesucristo si no hay inventiva, originalidad,
iniciativa en mi afectividad. Darle sorpresas a Jesús, sorprenderle. Consiste
en saber tocar el Corazón de Jesús. Mucho antes que pecador soy amado de
Jesucristo. La belleza y la
plenitud de la vida dependen de la calidad de nuestro amor a Jesucristo. Jesús
iba a visitar a sus amigos, a sanar y a predicar por propia iniciativa. No
podemos olvidar que antes que la nuestra está la iniciativa de Dios. Él es el
que sale a nuestro encuentro. Considerar su iniciativa por cada uno de
nosotros. Ante cualquier cosa que nos pasa se compadece. El amor de Dios se
llama misericordia porque yo tengo miserias. La Cruz es el amor de Dios que no
puede más.
Según la teología rabínica, la idea de la
alianza, de crear un pueblo santo que esté ante Dios y en unión con Él, es
anterior a la idea de la creación del mundo; más aún, es su más honda razón de
ser. El cosmos fue creado para que hubiera un espacio para la “alianza”, para
el “sí” del amor entre Dios y el hombre que le responde. (Cfr. Benedicto
XVI, Jesús de Nazaret, II, p. 97).
El
Obispo de Helsinki, un vasco llamado Raimo Goyarrola, dice: “Yo me
enamoré de Jesús desde muy joven. Y este amor no ha hecho más que crecer,
empujándome a llevarlo a otros” (Romper el Hielo, Palabra, Madrid 2025,
3ª ed., p. 12).
San Agustín nos interpela: “¿Qué queda de tu corazón
para que puedas amarte a ti mismo?, ¿qué queda de tu alma?, ¿qué de tu mente? Ex
Toto. Totum exigit te, qui fecit te”, quien te hizo exige todo (San
Agustín, Sermo 34, 4,7). Si nos sabemos amados por Dios seremos dichosos. El amor de
Dios es creador. El Señor no quiere nuestra desgracia, quiere nuestra
fidelidad. Cuando permite contradicciones grandes es para purificarnos.
Lo importante es que Dios nos ama; sostenidos por esta luz, la vida ordinaria
adquiere su profundo sentido sobrenatural. Desaparece la monotonía. Podemos
decirle al Señor: “Si tú no me sostienes, se desenfoca todo”. Dios nos ha diseñado para ser santos. “El amor
satisface por sí solo... es lo único con lo que la criatura puede responderle a
su Creador”, dice S. Bernardo (Sermo 83).
Existe
una ley en todo el universo según la cual nadie puede ser coronado a menos que
haya luchado. La única manera en que uno puede demostrar que ama es realizando
un acto de elección. Por eso el hombre vale más o menos, no por lo que tiene o
lo que es, sino por lo que decide.
El Señor le dijo a Gabriela Bossis: “Cada
alma tiene su manera de amar. No me prives de la tuya. Yo no confundo las
cosas. Yo disfruto de vuestras maneras especiales. Desde el comienzo del mundo,
ninguna se parece a otra; es lo que hace la sinfonía de mis delicias. ¿No tengo
derecho a ello? Y sin embargo, yo no exijo nada. Espero”... Me gustaría tanto,
hija, que contaras conmigo... Pregúntate lo que Yo represento en tu vida, y no
seas toda para ti, sino toda para Mí. Y Yo me ocuparé de ti. Todo sufrimiento
que me ofreces por amor me consuela en mis sufrimientos. Si me amas, regocíjate
de sufrir, pues en eso estamos unidos (Él
y yo, n. 334y 162).
"Cuan equivocados
estamos al pensar que dejamos de enamorarnos cuando envejecemos, sin saber que
envejecemos cuando dejamos de enamorarnos", escribió García Márquez.

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