Buscar nuestra restauración
Buscar nuestra sanación ya que Dios nos puede
restaurar. Hay huérfanos espirituales que tocan a la puerta de la Iglesia y
podemos ayudar si de nuestra parte hay fe en el Dios vivo, que cura. En nuestra
fragilidad damos un paso de fe y pedimos al Señor que sane. Dios sabe lo que
necesitamos en este tiempo. Lo sobrenatural es parte de la vida normal.
Jesús le dice al paralítico: “Tus pecados te son
perdonados”, ese perdón es invisible, no es verificable, pero a la vez, Jesús
sanaba cuerpos porque era un hecho verificable de lo que predicaba. Lucas 4
narra que Jesús lee: el Espíritu del Señor está sobre mí (Isaías). Este es el
propósito para el que viene, para ser el Ungido y curar la opresión y practicar
buenas nuevas, y no sólo predicarlas, sino ponerlas por obra. Son palabras y
hechos sobrenaturales que muestran que las palabras son verdaderas. Sin
poder no serían buenas nuevas. Hay cambios porque el Evangelio tiene poder,
realiza lo que anuncia.
Jesús proclama el Reino, no separa la
predicación de la sanación. La sanación es el Evangelio en acción.
Benedicto XVI, en su libro Jesús de Nazaret, dice que la sanación es parte
de la misión de los apóstoles, el cristianismo es una religión de sanación.
Necesitamos la sanación del pecado, que rompe relaciones. Jesús salva y sana.
Son dos formas diferentes de ver lo mismo. Cada sanación física es un signo que
apunta a la sanación total que Dios quiere, es glorificación de nuestra
naturaleza humana.
¿Cómo sabemos que eres el Mesías?, le preguntan los
discípulos de Juan Jesús les responde con hechos: Los ciegos ven, los cojos
andan. De Jesús sale poder para sanar, si hay fe. Un leproso se presenta ante
Jesús. Cuando un hombre es sanado de su lepra, debe presentarse al sacerdote
judío y presentar su ofrenda: dos palomas. Una es sacrificada, la otra es
bañada con la sangre del ave muerta y se le libera. El precio nuestro ha
sido pagado con la Sangre del Cordero.
Gran parte de nuestra conciencia vive en la superficie
y hay que ir a las raíces, ¿cómo? A través de la confesión y del ministerio
de sanación. Jesús puede curar y liberar. No tenemos que gestionar las
heridas y el dolor, Jesús quiere sanarlos. Hay enfermedad, muerte y maldad,
pero la buena noticia es que, si permitimos entrar al Señor, podemos caminar
muy ligeros. ¡Qué testimonio puede ser para la generación que observa! Dios nos
permite procesarlo. No se puede manejar por nuestra cuenta porque nos faltaría
luz, fuerza, gracia. Podemos llevar la libertad a las generaciones, cuando
caminan con el Sanador.
La vida vivida al margen de Dios no sana.
Hay autosuficiencia, orgullo, superficialidad. Hay
que pedirle a Dios que nos revele lo que hay en lo subterráneo, para ver qué
raíz sostiene una herida o algo malo. El pecado no es sólo una rebelión
ciega, es responder a traumas sin Él.
Cuando alguien que te ama te dice: “Tienes un problema
de ira”, ya lo sabías y te puede molestar. Debemos ir más allá y llegar a la
raíz del pecado. Es bueno ejercer tu voluntad e ir a la Reconciliación con Dios
pues es poderoso, pero a veces no basta porque no se abordan las raíces. Hay
que cortar la raíz de la mala hierba. Hay que darle espacio al Señor, Él lo
espera. Dios te llama por tu nombre y te llama “¡hijo mío!”.
A veces aceptamos mentiras sobre nosotros mismos. Si
siento que lucho contra algo una y otra vez, hay que buscar la raíz. Si doy
frutos malos hay que quitar la raíz. El Espíritu Santo nos ayuda a diagnosticar
y a curar. Las heridas son cosas malas que intencionalmente nos hieren. Hay dos
tipos de traumas que el Señor puede sanar.
El trauma tipo A es la falta de amor, la carencia de
algo.
El trauma tipo B son las cosas malas que ocurrieron.
A partir de estas heridas o traumas satanás intenta engañar
con interpretaciones que nos separan de Dios, nos propone medidas que empiezan
a tomar poder. La mentira es la falsa creencia sobre nosotros mismos o sobre
Dios. A veces esas mentiras están enredadas.
Si escuchan acusaciones que parecen verdad, vienen del
enemigo que echa culpas. Necesitamos la verdad para desaparecerlo. Cuando el
Señor declara la verdad y sella esa herida, el enemigo ya no puede influir.
Ejemplos de mentiras: “Dios no me ama, no te escucha, no es bueno”. “No valgo
nada, necesito ganarme el amor”. Hay mentiras que intentan proteger la herida:
“No puedo dejar la amargura”, “si perdono me volverán a herir”. Cuando no te
sientes conectado a Jesús, te aferras al pasado. El enemigo intenta
invitarnos a creer mentiras.
La Buena Noticia es que Jesús lo ve todo y aún nos
ama. Estas llamado a hablar con Jesús, pero tú mismo te dices: “No seas
demasiado generoso”, o “hazlo hasta cierto punto”. La buena noticia es que
siempre hay un tratamiento, siempre es en el contexto de la oración.
Decir: “En el nombre de Jesús renuncio al espíritu de
ira, al espíritu de ansiedad, al espíritu de pereza.” Decir: “Sal de él (mí),
espíritu maligno, y no vuelvas a él (mí), en el nombre de Jesús”. La Sangre de
Cristo cancela maldiciones, pero hay que buscar estar en estado de gracia.
Otra herramienta: Hay que sanar los recuerdos donde
se almacena la herida o el trauma, con Jesús: lugares o personas que
necesitamos perdonar, a veces debemos perdonarnos a nosotros mismos. Cuando
identificamos una mentira, queremos la verdad de Jesús, la experiencia de su
verdad. Hay que declarar la verdad que él nos da a cambio de las mentiras.
Pedir que Jesús cure todas las emociones asociadas a este recuerdo.
Reza: “Jesús, ¿podrías sanar todas las emociones asociadas a este recuerdo?”. Siempre
puedes preguntar a Jesús. No te centres en ti. San Agustín dice: “Entro con el
Señor y luego salgo con Él a mi mundo interior”, tener ese mismo ritmo.
Libro recomendado: Sé sanado. Dr. Bob Schuchts,
Ave Maria Press.

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