El sultán de Omán musulmán mando matar a un cristiano
Fe sin fronteras
Es mejor
escuchar el original que leer el resumen que sigue.
Marzo 2019. El sultán de
Omán tiene 52 sirvientes. Iba a dar la última orden de disparar ante un
cristiano, vino un fuerte viento y los soldados cayeron al suelo. El cristiano,
David, dijo: “Gracias, Padre”. El sultán le dejó libre y empezó a investigar
con sus científicos. Dice él mismo: “Necesitaba respuestas. Vino el
meteorólogo. Le mostré videos, pasó tres horas analizándolo todo. Los patrones
de viento no tienen sentido”. Otro científico lo dijo: “No tengo respuestas,
esto es imposible”. Escuché a los soldados, algunos cojeaban, otros venían con
vendaje. “Era como si algo invisible nos tenía cautivos”. Un chico dijo: “Vi
algo, antes de que el viento parara, vi adonde estaba el prisionero y vi luz, y
había figuras altas”. Otros nueve alzaron la mano porque también lo vieron.
Normalmente no bebía, pero ese día tomé whisky. No hubo resultado. Oré:
“Necesito respuestas, necesito saber”. Si la ciencia no tenía respuestas, sólo
me quedaba una alternativa. Necesitaba hablar a David Coranten. Localizarlo fue
más difícil de lo pensado. Finalmente lo encontraron en una zona de obreros.
Fui a buscarlo, el barrio
era muy modesto. Llegamos a su casa, yo vestía sin lujo. Subí la escalera, que
crujía. Al llegar a la puerta dudé. ¿Cómo se inicia una conversación con
alguien a quien hace quince días quise matar?
Me abrió David: “Sultán Rashid, dijo, necesito hablar con usted”. Me
ofreció café instantáneo. Me senté con una taza desportillada. “Quiero saber
qué pasó en esa plaza”, dije. “¿De verdad?”. Cuando oras en el nombre de Jesús,
el Cielo escucha. Sentí un profundo peso. ¿Quién te hace tan especial?”. No
tiene que ver con eso. ¿Por qué tuve que presenciar eso?, dijo el sultán de
Omán. No hay otra opción que rendirse, dijo David. ¿Cómo se entrega a alguien?
David sonrió: “te entregas a él, reconocer que Jesús pagó por tus pecados”. Me
quedé en esa habitación hasta las 2 am. “Me habló de los que se reunían, de los
milagros que había experimentado. Lo escuché sin barreras, sin juzgar”. Sentí
que ya no era el mismo hombre. No hablé durante el regreso al palacio. El
chofer preguntó qué hacer, si había que arrestarlo, dije: “déjalos en paz”.
Llegamos al palacio a las 3.05 am. Subí a mi habitación y conseguí dormir. El
descanso no había borrado nada.
La vida siguió, pero
ahora cada ritual parecía vacío. Comprendí que mi poder era polvo ante el del
Dios de David. Le mandé un mensaje: “Necesito saber más”. David dijo que sí,
pero no en palacio ni como sultán, sino como quien quiere aprender. Quedamos de
vernos en una pequeña habitación, con tres o cuatro personas del pueblo. Cada
vez cambiamos de lugar. Leyó sobre Saulo y su conversión. El verdadero rey se
acercó a él. Dios no quería mi corona, quería mi corazón. “Dios transforma a los
enemigos en embajadores”. Un joven confesó que perdió todo, pero valió la pena,
otro de Bangladesh dio su testimonio. Las más joven, una mujer de 25 años contó
que su familia la repudió, pero encontró a un Dios que llama por mi nombre. Yo
estaba cautivado con sus historias. Llevaban una paz que yo no conocía. Pregunté:
“¿Cómo lo hiciste para dejar atrás todo?”. Sólo tienes sentido cuando lo
vives. La verdadera vida tiene sentido cuando conoces al autor de la vida.
Me preguntaron. Esas personas hablaban con Dios como quien conversa con Alguien
que está en la sala. Oraron por mí. Era como si una presencia silenciosa
estuviera en esa habitación. Me abrazaron, lo permití. Eran hombres y mujeres
que me amaban porque era un ser necesitado. Mi chofer me advirtió del peligro.
Tuve reuniones secretas dos veces a la semana, reuniones que me reconstruían.
En la quinta reunión
David dijo: “Rashid, crees que Jesús es el Hijo de Dios?”. Esa pregunta marcaba
un límite. “Sí, susurré casi sin voz, sí, lo creo”. Siguió: ¿Y crees que Dios
murió por tus pecados? Sentí un nudo en la garganta: “Sí”, ¿Estas listo para
que sea tu Señor? Yo sabía con inexplicable certeza que sí, estaba listo. David
sonrió emocionado. Luego dije la oración más importante: Creo que moriste por
mí, renuévame, sálvame, perdóname. Sentí que me quitaban un peso de encima.
¡Bienvenido a la familia, el cielo está de fiesta! Salí de esa casa. No tenía
idea de que llegarían las consecuencias. Todo revelaba algo en mí. El gran
visir Ahmad fue el primero que se dio cuenta, y pidió algo: Hay que tener
restricciones hacia otras religiones. “¿Proteger o imponer?”. Los del consejo
se miraron como si hablara otro idioma.
Hay que protegernos de
las herejías. “Y si estas herejías fueran ciertas?”. Todos necesitamos descanso.
Cerré la reunión sin firmar el decreto. Me dijo el visir: “Corren rumores por
el palacio, ¿está considerando convertirse?”. Mi esposa principal, Amina, me
confrontó. Dicen que sales del palacio con vestimenta normal, ¿qué te sucede
Rashid? “Amina, vi un poder que supera todo lo del universo”. Amina dijo: “Tus
hermanos tomaran el trono, y todo por una fantasía africana”. Amina salió de la
habitación y no regresó en tres días. El cambio en mí era evidente.
Los asesores hablan de
intervenir. Te van a obligar a abdicar, le dijo su hijo. No vale la pena
perderlo todo: el reino, nuestra familia. Temblé. “¿Y si perderlo todo es lo
que hacía falta?”.
“David: No puedo ser
sultán y seguir a Jesús”. David dijo: “Rashid: Dios puede usarte en el trono o
fuera de él. La decisión es tuya, necesitas escuchar lo que Dios quiere de ti”.
Hice tres días de oración. Dije: Seguiré de sultán, pero ya no seguiré de ser
el defensor de la fe de este pueblo. Les permití expresar sus opiniones. “He
encontrado una verdad que trasciende”. El documento fue firmado. Pero horas
después tuvo que escapar de Omán. David lo acompañó a Chipre y, de allí, a otro
lugar.

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