Pureza

 


¿Qué mancha el alma? Los malos pensamientos, los adulterios, los homicidios, las fornicaciones, los robos, las blasfemias, la lujuria, los resentimientos.

Los pensamientos impuros y los pecados de la carne nos ensucian con manchas que quedan dentro del cuerpo, quedan encerrados. No es fácil liberarse de ellos porque el cerebro tiene memoria y las imágenes y las sensaciones permanecen, por eso la impureza es tan mala. Los pecados contra la carne son resistentes a la confesión. “Los que han perdido la pureza son como un trapo inmenso en aceite, lo lavas y allí sigue la mancha”, dice el Santo Cura de Ars. Hay un camino: confesión sincera y profunda, se perdona lo que se pronuncia; haz mucha oración, ayuna de cosas sexuales, evita la pornografía y las series eróticas, reza el Rosario y comulga en estado de gracia.

Jesús dice que lo exterior no nos hace impuros sino lo de dentro, y te aleja de Dios. Hoy se atiende mucho al cuerpo y se atiende poco al alma.

Hay una matización: la formulación bíblica es: “No cometerás adulterio”, nos hace conscientes de la dimensión de la esponsalidad. Dios amó a Israel como un esposo ama a la esposa. La imagen esponsal atraviesa la Sagrada Escritura, esta vocación es inherente a la naturaleza humana. Jesús se desposó con la Iglesia. Para amar fielmente se requiere amar con un amor maduro y responsable. El riesgo es llamar amor a lo que no es amor. La fidelidad es una forma de amar plenamente, con un estilo de vida de sinceridad, de lealtad. Necesitamos que Dios nos enseñe a amar.

En la catequesis se dice: “No cometerás actos impuros”, porque el sexto mandamiento incluye la globalidad de la sexualidad humana. Dios nos ha dado una vocación al amor. En el amor auténtico no hay espacio para la lujuria.

La castidad como virtud es para matrimonio, para los solteros y para todas las personas. La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser espiritual y corporal (cfr. CEC, 2337). No tolera la doble vida ni el doble lenguaje (CEC, 2338), Implica un aprendizaje del dominio de sí, o el hombre controla sus pasiones y tiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado.


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