Colaborar


 

El Padre Javier Echevarría decía en una carta de septiembre de 2010: El Verbo se hizo Hombre y tomó la condición de siervo, obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2,8) para salvarnos. De un árbol portador de muerte ha surgido la vida. Y para colaborar en la aplicación de la Redención a todas las almas, el Señor nos ha ofrecido el trabajo profesional y una vida cristiana coherente con su doctrina. Del sacrificio de Cristo brotan todas las gracias que Dios quiere darnos. Por eso nos debemos unir afectiva y efectivamente a la Cruz: en primer lugar, viviendo del mejor modo posible la Misa, que, además, nos impulsa a recibir con alegría las contrariedades y las penas de esta vida; más aún, a buscar activamente la mortificación y penitencia voluntarias en cada jornada. “¡Qué dicha tener la Cruz -exclamaba un Padre de la Iglesia! -. Quien posee la cruz posee un tesoro” (San Andrés de Creta, Sermón 10).

La Pasión del Señor nos ha de llevar a reavivar el sentido del pecado. ¡Qué tanta malicia hay en el pecado mortal que a Jesús le costó dar su vida con tanto dolor! La magnitud de la expiación que Dios Padre exige a su Unigénito nos da la medida de su gravedad. Nos cuesta trabajo comprender su sufrimiento y su amor. Si toda ofensa duele al Señor, más le duelen las de sus amigos íntimos.

San Agustín predica: “No hay hombre que no sea deudor de Dios (…) ¿Quién no es deudor de Dios, sino el que no tiene pecado alguno?” (Sermo 83,3). La Escritura llega a decir, de un modo vivo, que el pecador “de nuevo crucifica el Hijo de Dios” (Hebreos VI,6).

Además del dolor y del arrepentimiento, ser requiere satisfacer a Dios por los pecados cometidos, mediante las obras de penitencia. Hemos de completar lo que le falta a la Pasión de Cristo, como dice San Pablo: “Me alegro de mis sufrimientos por vosotros, y en mi carne, completando lo que falta de los sufrimientos de Cristo, hago mi parte por su cuerpo, que es la Iglesia” (Colosenses 1,24).

Muchos santos han puesto de relieve que, si a nuestra Madre se le ahorraron los dolores de la maternidad física en Belén, a la hora del nacimiento de Jesús, no sucedió así a la hora de nuestro nacimiento espiritual. María coopera en el acontecimiento salvífico más grandioso de la historia. Sólo en el calvario se manifiesta la dimensión universal de su maternidad.

BIBLIOGRAFIA:  Camino 269, 288, 402.

2451 CARACTERES.


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