Un día con Jesús
El Verbo se hizo carne y habita entre
nosotros (cfr. Juan 1,14). Sigue habitando entre
nosotros en la Eucaristía y en el próximo.
¿Cómo vivía Jesús cada día? Es bueno meter la
imaginación en alguna escena del evangelio y meternos dentro, como un personaje
más. Pasar unos momentos con Jesús es un bálsamo de ternura, es un gozo escuchar
sus enseñanzas, conocer su mirada profunda, lo que da alegría y acrecienta la
fe. Él no promete la felicidad en esta vida, sino que nos concede paz cuando
vivimos de acuerdo a sus mandamientos y sabiendo que solos nada podemos, pero
con Él estamos sostenidos con su gracia. Jesús tenía una fuerte vida de oración
y desea que con nuestra oración nos unamos a la suya.
En Cafarnaúm, Jesús libera a un hombre atormentado por
un espíritu impuro que dice: “¿has venido a destruirnos?” Jesús no responde a
la pregunta. Jesús lo libera, no le reclama, y la gente se pregunta de dónde
sacará esa autoridad. Jesús es el gran solidario de la miseria humana.
¿Estoy iluminando mi mente con la Palabra de Dios? ¿Le
estoy dedicando tiempo? ¿Le permito que me cure de mis adicciones? ¿Estoy dispuesto
y abierto a conocer su Voluntad?
En cierta ocasión la suegra de Pedro estaba en cama,
tenía una fiebre muy alta, Jesús le dio la mano, se le quitó la fiebre y se
puso a servirles. El Maestro le ofrece la oportunidad de sentirse útil y
valiosa. Su vida tiene sentido sirviendo a los que la acompañan. Jesús quiere
que nos levantemos de la inutilidad, que trabajemos con alegría.
Pregúntate: ¿Cuál es el propósito de mi vida? ¿Tratar de
hacer la vida amable a los que están alrededor mío? ¿Quisieras sanar un corazón
afligido? ¿Sacar adelante a mi familia? ¿En dónde pongo mis talentos en acción?
Si somos dóciles a las mociones del Espíritu Santo
será más fácil hacer lo que nos corresponde. Una tarde, a la puerta de la
ciudad trajeron a los enfermos para que Jesús los sanara y Él los curó (cfr. Mc
1, 32-33). El Señor predicó la buena nueva para que las personas vivieran la
solidaridad, la libertad, la gratuidad, y las invita a ser sal y luz.
En la madrugada, en el desierto, Jesús está consigo
mismo y con su Padre, de rodillas y se pone a hacer oración. Precisaba
encontrarse con su Padre cada día para pedir por cada uno de nosotros, para
fortificarse y para sanar el rechazo que sufría. Su popularidad era
avasalladora, todo el mundo quería estar cerca de Él, por eso padecía por la
envidia de los fariseos. Algunos lo seguían por el pan y el pescado que habían
comido hasta saciarse, y Jesús tenía paciencia y se apiadaba de su pueblo.
En mi diario caminar, ¿dónde equilibro mis emociones?,
¿dónde encuentro estabilidad?, ¿dónde recargo energía? Si quiero, puedo acudir
a mi Padre Dios. No es fácil hacer oración mental, basta con ser espontáneos y
meter los afectos percibiendo que Jesús nos mira con amor, con verdadera
compasión. Jesús desea que seamos almas de oración, lectores del Evangelio, quiere
que vivamos con Él, que entremos en la llaga de su Corazón y metamos a los
seres queridos en ella Quiere que experimentamos la paz que sólo Dios da.
Tenemos un solo Maestro, como dice San Mateo (23,
8-10). “No tendrás otro Dios fuera de mí, porque Yo, el Señor, tu Dios, soy un
Dios celoso (Éxodo 20, 3-5). Dios le insistió a Israel no reemplazar a Dios por
ídolos. El peor pecado es la idolatría. El ídolo puede ser una persona
-uno mismo-, un objeto, una idea, el dinero, el poder, el placer, el sexo, la
moda. El placer por el placer no satisface. Jesús nos habla del Reino de Dios y
promete la vida eterna.

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