El escándalo del Cielo

 


El Cielo es como un instante que desearíamos que se no acabara nunca. En el Cielo encontraremos todo cuanto podemos desear. Allá todo es nuevo. Todos visten como reyes. Satanás quiere destruir toda alegría y toda paz personal y familiar. El maligno nos quiere como a sus víctimas. En cambio, Dios nos quiere salvar de nosotros mismos.

La doctrina del infierno es un verdadero obstáculo para el hombre moderno, pero ¿qué hay de la doctrina del Cielo que promete al peor pecador la misma dicha que a una religiosa fiel, con solo arrepentirse? La gratuidad absoluta del Cielo desafía el sentido humano de la justicia retributiva, más que la idea del castigo eterno, porque algunos impíos nos precederán en el Reino de los Cielos, como dijo Jesús, escribe Philipe Primeau.

El escándalo del Cielo supera con creces el del infierno. San Pablo dice que “Dios justifica al impío” (Rom 4,5). Nuestro Señor identificó a recaudadores de impuestos y prostitutas como ciudadanos del Reino de Dios (Mt 21, 31-32).

Ciertamente no nos consideramos pecadores, minimizamos el pecado porque estamos ciegos, culpablemente ciegos, a la bondad de Dios, y sucumbimos al engaño. ¿Quién necesita ser justificado por Dios cuando él ya se ha justificado a sí mismo?

“Por naturaleza somos hijos de la ira, como los demás” (Efesios 2,3). San Pablo afirma: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero (1 Tim 1, 15). El Cielo es un escándalo precioso. (Cfr. Philipe Primeau, “El verdadero escándalo es el cielo”, Crisis Magazine, 29 julio, 2026).

Cinco días antes de morir, Carlos Acutis le dijo a su madre: En el Cielo todo es infinito: Allí los sentidos se agudizan y usamos toda la potencia de nuestra mente, pero la parte más importante es que Jesús está presente allí. Ahí nunca se está separado de los seres queridos. Además, las personas que están en el Cielo tienen un gran poder de intercesión.

Benedicto XVI enseña que la vida eterna será sumergirse en el océano del amor infinito en el cual el tiempo ya no existe. No será un continuo sucederse de días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad (encíclica sobre la esperanza, Spe salvi).

Cuando el Lord Canciller de Inglaterra, Tomás Moro, fue puesto en la cárcel por el rey Enrique VIII, a causa de que no quería aceptar el matrimonio del rey con Ana Bolena, empezó también a empobrecerse pues el rey le retiró su sueldo y le quitó sus bienes. Su esposa Alicia sabía que, si Tomás accedía, recobraría el favor del rey, así que quería convencerlo de que aceptara ese matrimonio del rey, pues la estancia de Tomás en la Torre de Londres hacía sufrir a toda la familia y estaban pasando penurias. Tomas le preguntó a Alicia:

— Y ¿por cuánto tiempo crees que podré gozar de esta vida? ¿Veinte años?... Mi buena mujer. No sirves para negociante. ¿Quieres que cambie veinte años por una eternidad?

Finalmente, fue condenado a muerte, y le dijo a su verdugo: San Pablo estuvo de acuerdo con la muerte de San Esteban. Yo también espero que usted y yo nos veamos en el Cielo.

El cura de Ars solía decir: “Si alguien le dijera: Me gustaría ser rico. ¿Qué hay que hacer? Usted respondería: Hay que trabajar. Pues para ir al cielo hay que sufrir”. Añadía: “Los más felices en este mundo son los que tienen el alma en calma: en medio de las penas de la vida, prueban la alegría de los hijos de Dios. Todas las penas son dulces cuando se sufre en unión con Nuestro Señor”.

El Concilio Vaticano II nos recuerda: “No olviden todos los hijos de la Iglesia que su excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios, sino a una gracia singular de Cristo, a la que, si no responden con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad” (LG 14), porque “mucho se exigirá al que mucho ha recibido” (Lucas 12, 48).

El teólogo Leo Trese trata de ilustrar lo que es el Cielo así: “Supón que en el Cielo llevas un reloj que tiene cuerda para ocho días, y que cada hora allí, representa sesenta billones de años. Nada más llegar, le das toda la cuerda y luego miras un instante a Dios. Una mirada que te hace inmensamente feliz. Luego vuelves a mirar el reloj y observas, asombrado, que ya no tiene cuerda. Esos sesenta billones de años te parecieron un instante de los feliz que eres”. Este ejemplo, además de ser inadecuado, se queda corto. Porque tratándose de Dios y del Cielo, no hay peligro de exagerar. El peligro está en dar una imagen pobre de su realidad.

 


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