El relativismo es una amenaza
Sacerdotes y padres de familia – dijo Benedicto XVI-, continuad, pues, sin dejaros desalentar por las dificultades que encontréis. La relación educativa es por su naturaleza una cosa delicada. En efecto, pone en cuestión la libertad del otro que, aunque se haga con dulzura, sin embargo, siempre provoca una decisión. Ni los padres, ni los sacerdotes, ni los catequistas, ni los demás educadores pueden sustituir la libertad del niño, del muchacho o del joven a quien se dirigen. Y especialmente la propuesta cristiana interpela a fondo la libertad, llamándola a la fe y a la conversión. Hoy un obstáculo particularmente insidioso en la labor educativa está constituido por la intensa presencia, en nuestra sociedad y cultura, de ese relativismo que, no reconociendo nada como definitivo, deja como última medida sólo el propio yo con sus deseos, y bajo la apariencia de la libertad se convierte para cada uno en una prisión, porque separa al uno del otro, haciendo que cada uno se encuentre encerrado dentro de su propio "yo". Por consiguiente, en este horizonte relativista no es posible una verdadera educación. En efecto, sin la luz de la verdad, antes o después, toda persona está condenada a dudar de la bondad de su misma vida, de las relaciones que la constituyen, de la validez de su compromiso para construir con los demás algo en común.
Está claro, pues, que no sólo debemos tratar de superar el relativismo en nuestro trabajo de formación de las personas, sino que estamos también llamados a contrarrestar su predominio destructivo en la sociedad y en la cultura. Por este motivo, es muy importante, que junto a la palabra de la Iglesia, se dé el testimonio y el compromiso público de las familias cristianas, especialmente para reafirmar la intangibilidad de la vida humana desde la concepción hasta su término natural, el valor único e insustituible de la familia fundada en el matrimonio y la necesidad de disposiciones legislativas y administrativas que apoyen a las familias en la misión de engendrar y educar a los hijos, misión esencial para nuestro futuro común. También por este compromiso os digo "gracias" cordialmente, dice el Papa Benedicto XVI.
Ser testigos: Central en la labor educativa, y especialmente en la educación en la fe,
que es la cumbre de la formación de la persona y su horizonte más adecuado, es
en concreto la figura del testigo: él se convierte en punto de referencia
precisamente en cuanto sabe dar razón de la esperanza que sostiene su vida (cf.
1 Pe 3, 15), en cuanto está personalmente comprometido con la verdad que
propone. El testigo, por otra parte, no se refiere nunca a sí mismo, sino a
algo, o mejor, a Alguien más grande que él, que ha encontrado y del que ha
experimentado la fiable bondad. Así cada educador y testigo encuentra su modelo
insuperable en Jesucristo, el gran testigo del Padre, que no decía nada por sí
mismo, sino que hablaba tal como el Padre le había enseñado (cf. Jn 8,28). Éste
es el motivo por el que en la base de la formación de la persona cristiana y de
la transmisión de la fe está necesariamente la oración, la amistad personal con
Cristo y la contemplación, en él, del rostro del Padre. Y lo mismo vale,
evidentemente, para todo nuestro compromiso misionero, en particular para la
pastoral familiar: que la Familia de Nazaret sea, por lo tanto, para nuestras
familias y para nuestras comunidades, objeto constante y confiada oración,
además de modelo de vida.
Para que estas vocaciones nazcan y lleguen a madurar, para que las personas
llamadas se mantengan siempre dignas de su vocación, es decisiva ante todo la
oración, que no debe nunca faltar en cada una de las familias y las comunidades
cristianas. Pero es también fundamental el testimonio de vida de los
sacerdotes, de las religiosas y religiosos, la alegría que expresan por haber
sido llamados por el Señor. Y es igualmente esencial el ejemplo que los hijos
reciben dentro de su propia familia y la convicción de las familias mismas de
que, también para ellas, la vocación de los propios hijos es un gran don del
Señor. La opción de la castidad por amor de Dios y de los hermanos, que se
requiere para el sacerdocio y la vida consagrada, está acompañada, en efecto,
por la valoración del matrimonio cristiano: el uno y la otra, en dos maneras
diferentes y complementarias, hacen de algún modo visible el misterio de la
alianza entre Dios y su pueblo. San Juan Bosco, recordaba a sus hijos espirituales que "la
educación es cosa del corazón y que sólo Dios es su dueño" (Epistolario,
4, 209).
FUENTE: Benedicto XVI, V
Encuentro Mundial de Familia.

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