Matrimonio y familia en la historia de la salvación
En el Nuevo Testamento, Dios radicaliza su amor hasta hacerse
Él mismo, en su Hijo, carne de nuestra carne, verdadero hombre. De este modo,
la unión de Dios con el hombre ha asumido su forma suprema, irreversible y
definitiva. Y así se delinea también para el amor humano su forma definitiva,
ese "sí" recíproco que no puede revocarse: no aliena al hombre, sino
que lo libera de las alienaciones de la historia para reconducirlo a la verdad
de la creación. La sacramentalidad que el matrimonio asume en Cristo significa,
pues, que el don de la creación ha sido elevado a gracia de redención. La
gracia de Cristo no se une desde fuera a la naturaleza del hombre, no le hace
violencia, sino que la libera y la restaura, precisamente al elevarla más allá
de sus propios límites. Y como la encarnación del Hijo de Dios revela su
verdadero significado en la Cruz, así el amor humano auténtico es donación de
sí, no puede existir si quiere sustraerse a la cruz.
Benedicto XVI explica: Queridos hermanos y hermanas, este vínculo profundo
entre Dios y el hombre, entre el amor de Dios y el amor humano, encuentra
confirmación también en algunas tendencias y realizaciones negativas, de las
que todos advertimos su importancia. El envilecimiento del amor humano, la
anulación de la auténtica capacidad de amar se revela, en efecto, en nuestro
tiempo, como el arma más apta y más eficaz para que el hombre se olvide de
Dios, para alejar a Dios de la mirada y del corazón del hombre.
Análogamente, la voluntad de "liberar" la naturaleza de Dios conduce
a perder de vista la realidad misma de la naturaleza, comprendida la naturaleza
del hombre, reduciéndola a un conjunto de funciones, de las que dispone a placer
para construir un presunto mundo mejor y una presunta humanidad más feliz; en
cambio, se destruye el designio del Creador y así la verdad de nuestra
naturaleza (Benedicto XVI, V Encuentro
Mundial de Familias).
Los hijos
También en la procreación de los hijos el matrimonio refleja
su modelo divino, el amor de Dios por el hombre. En el hombre y en la mujer la
paternidad y la maternidad, como el cuerpo y el amor, no se dejan circunscribir
en lo biológico: la vida se da totalmente sólo cuando con el nacimiento se dan
también el amor y el sentido que hacen posible decir sí a esta vida.
Precisamente desde aquí se clarifica totalmente cuanto es contrario al amor
humano, a la vocación profunda del hombre y de la mujer, el cerrar
sistemáticamente la propia unión al don de la vida y, aún más, suprimir o manipular
la vida que nace.
Sin embargo, ninguna mujer y ningún hombre por sí mismos, y únicamente con sus
propias fuerzas, pueden dar a los hijos de manera adecuada el amor y el sentido
de la vida. En efecto, para poder decir a alguien "tu vida es buena,
aunque yo no conozca tu futuro", se necesitan una autoridad y una
credibilidad superiores a lo que el individuo puede darse por sí mismo. El
cristiano sabe que esta autoridad es conferida a la familia más amplia que
Dios, a través de su Hijo, Jesucristo, y el don del Espíritu Santo, ha creado
en la historia de los hombres, es decir, a la Iglesia. Él reconoce aquí la
acción del amor eterno e indestructible que asegura a la vida de cada uno de
nosotros un sentido permanente, aunque no conozcamos el futuro. Por este
motivo, la edificación de cada familia cristiana se enmarca en el contexto de
la gran familia de la Iglesia, que la sostiene y la acompaña y garantiza que
tiene un sentido y que tendrá también su futuro en el "sí" del
Creador. Y recíprocamente la Iglesia se edifica por las familias. En el mismo
sentido la Familiaris consortio afirma que "el matrimonio
cristiano… constituye el lugar natural dentro del cual se lleva a cabo la
inserción de la persona humana en la gran familia de la Iglesia" (n. 15).

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