El valor de la libertad
En estos tiempos que corren se diría que la libertad
se tiene como el valor supremo. En los más altos niveles educativos de gran
parte de mundo no se sabe qué es el hombre. Sucede entonces que se
identifica la libertad con el instinto, la espontaneidad, la independencia, o
cualquier otra fuerza indomable, material, predeterminada por algún agente
cósmico. La persona «ilustrada» en esos centros o ambientes fácilmente se
somete a sus instintos desquiciados o, si no renuncia a la lógica del
pensamiento, desespera de ser hombre e incurre quizá en alguna forma de
patología psíquica o mental.
Ahora bien, la dignidad que se intuye en la persona,
implica necesariamente la libertad, entendida no como simple posibilidad de
optar o elegir entre unas cuantas cosas más o menos interesantes, sino como
capacidad de decidir por mí mismo lo que he de hacer en cada momento para ser
lo que quiero ser. (Y, en resumidas cuentas, lo que quiero es ser feliz y tener
paz. Cómo se alcanza, es otra cuestión).
La libertad es una de las caras del ser personal. La otra cara es la
responsabilidad. Precisamente porque soy "dueño", puedo dar razón de
mis actos. Mis actos son míos, no de fuerzas anónimas ni de ningún otro sujeto
que quisiera decidir en mi lugar. No hay sol sin luz, ni fuego sin calor.
Libertad y responsabilidad son dos caras de la misma moneda, dos facetas del
señorío que recibe la persona.
El concepto racional de la libertad como dominio y
señorío de sí con vistas a la plenitud del bien personal, contrasta con la
fascinante idea que ha trastabillado a mucha gente: la idea de una naturaleza
humana con la que poder hacer cuanto viene en gana, desde lo más razonable a lo
más disparatado.
HAY NATURALEZA HUMANA
Sin embargo, hay algo obvio que nos obliga a admitir la existencia de
naturaleza humana, es decir, de un denominador esencial común al ser de cada
hombre, desde Adán, pasando por el de Neardenthal, Cervantes, Newton, Chamalet,
Putin, Trump... Algo en común que nos fuerza a considerarnos miembros del mismo
género humano.
Hablamos de comportamientos "humanos" y de comportamientos
"inhumanos"; de "naturales" y "antinaturales"
(que no es lo mismo que "artificiales"). Hay hombres
"humanos" y "hombres inhumanos", hombres que destacan por
optimizar sus propios talentos y otros "deshumanizados", que se han
echado a perder inmersos en el mundo de la droga, de la prostitución o de cosas
de semejante linaje.
Hay quienes sueñan en ser «libres como los pájaros».
Pero esto no pasa de ser una imagen poética sin valor. “El bien produce
siempre bien y el mal produce mal, cuando no es destruido por el
arrepentimiento y por la sangre de Cristo” (B. Ana Catalina Emmerick).
Como yo no "veo" a Dios, puedo preferir mi
querer al querer de Dios, aunque éste sea infinitamente más amable. Puedo
querer mi propio querer por encima de todo lo demás, incluso por encima de Dios
mismo. Pero entonces el yo suplanta a Dios, se concentra en sí mismo y, al
empobrecer infinitamente su horizonte, se empobrece a sí mismo infinitamente.
En la otra cara de la grandeza está la de la miseria de la libertad humana: su
capacidad de decir que no al Sumo Bien y optar por un bien infinitamente más
pequeño, mezquino, egoísta, que se reduce al vacío, porque se encuentra
desvinculado de Dios. Y el vacío no satisface
El intento de saltarse una ley moral siempre causa un daño a lo más íntimo y
personal. Cuando se ha consentido, por ejemplo, un mal deseo se ha producido un
daño real. Cuando se impugnan ciertas exigencias de la ley moral, por ejemplo,
las que tienen que ver con ciertos aspectos de la castidad, o con los pecados
internos, con la sólita frase: "¡si yo no hago mal a nadie...!", cabe
replicar: ¿Cómo que no haces mal a nadie? ¡Te haces mal a ti mismo!, para
empezar. Reduces infinitamente el horizonte de tu libertad, eliges un bien
minúsculo que te dejará pronto insatisfecho y te cierras a los grandes bienes a
los que estás llamado desde lo más íntimo de tu ser. En cambio, tanto más
libre seré cuanto más acierte en la elección de los verdaderos bienes, los que
conducen al Bien Sumo.
Antonio Orozco-Delclós

Comentarios
Publicar un comentario