|
José Ramón Ayllón
La libertad no es absoluta porque el
hombre tampoco lo es. Su limitación es triple: física, psicológica y moral.
Está físicamente limitado porque, entre otras cosas, necesita nutrirse y
respirar para conservar la vida. Su limitación psicológica es múltiple y
evidente: no puede conocer todo, no puede quererlo todo, los sentimientos le
zarandean y condicionan constantemente. La limitación moral aparece desde el
momento en que descubre que hay acciones que puede, pero no debe realizar:
puedes insultar porque tienes voz, pero no debes hacer tal cosa. Esta triple
limitación no debe considerarse como algo negativo. Parece lógico que a un
ser limitado le corresponda una libertad limitada: que el límite de su querer
sea el límite de su ser. Si la libertad humana fuera absoluta, habría que
comenzar a temerla como prerrogativa de los demás.
La libertad no es un valor absoluto porque tiene carácter instrumental:
está al servicio del perfeccionamiento humano. Los colores y el pincel
están en función del cuadro; la libertad está en función del proyecto vital
que cada hombre desea, es el medio para alcanzarlo. Por eso la libertad no es
el valor supremo, de hecho, nos interesa en la medida en que apunta a algo
más allá de la libertad, algo que la supera y marca su sentido: el bien.
Ser libre no es, por tanto, ser independiente. Al menos, si por
independencia entendemos no respetar los límites señalados anteriormente.
Cortar esos vínculos sería cortar las raíces o lanzarse a navegar sin rumbo,
y por eso, en palabras de Tocqueville, la Providencia no ha creado al género
humano ni enteramente independiente ni completamente esclavo. Ha trazado, es
cierto, un círculo mortal a su alrededor, del que no puede salir; pero dentro
de sus amplios límites el hombre es poderoso y libre, lo mismo que los
pueblos.
Vivimos en un mundo que impone condiciones. No podemos esquivar la
enfermedad, el envejecimiento y la muerte. Este último hecho la muerte no es
un pequeño detalle, es un dato esencial a la hora de plantearnos cómo hemos
de vivir, qué sentido tiene nuestra vida.
No hay que mirar con malos ojos estos condicionamientos evidentes e
inevitables. A todo el mundo le afectan. Son parte de la condición humana, y
definen nuestra personalidad. Sin ellos, seríamos personas amorfas, sin
contornos ni contrastes.
La limitación humana supone que cada elección libre lleva consigo una
renuncia: estar leyendo esta página significa no poder, al mismo tiempo,
jugar al tenis o nadar. A su vez, nadar supone no poder, a la vez, andar en
bici o pasear. El problema que se plantea debe resolverlo la inteligencia
sopesando el valor de lo que escoge y de lo que rechaza. ¿Quién se atreverá a
decir que escoge la vagancia o la hipocresía porque valen tanto como sus
contrarios? Puestos a renunciar, sólo vale la pena preferir lo superior a lo
inferior.
La libertad, desde cierto ángulo, es justamente la negación de la
espontaneidad: es el dominio de la razón y de la voluntad. Espontáneamente
mentiríamos, insultaríamos, rechazaríamos el esfuerzo y el sacrificio, pero
sólo somos libres cuando entre el estímulo y nuestra respuesta interponemos
un juicio de valor y decidimos en consecuencia.
La elección del mal
Sabemos por experiencia que el carácter instrumental de la libertad hace que
su uso pueda ser doble y contradictorio, como un arma de dos filos que puede
volverse contra uno mismo o contra los demás: esclavitud, asesinato,
alcoholismo, drogadicción, y también simple pereza, irresponsabilidad, mal
carácter, cinismo, envidia, insolidaridad...
Es patente que la voluntad rechaza en ocasiones lo que la inteligencia
presenta como bueno. Incluso el que aconseja bien puede no ser capaz de poner
en práctica su buen consejo. En esos casos, para evitar la vergüenza de la
propia incoherencia, el hombre suele buscar una justificación con apariencia
razonable las razonadas sinrazones de Don Quijote, y se tuerce la realidad
hasta hacerla coincidir con los propios deseos. El mismo lenguaje se pone
al servicio de esa actitud con expresiones como “a mí me parece”, «esto es
normal», «todo el mundo lo hace», «no perjudico a nadie», etc.
Por último, conviene recordar algo fundamental: aunque la libertad hace
posible la inmoralidad, la trasgresión moral produce siempre un daño.
Cualquier psiquiatra sabe que en la raíz de muchos desequilibrios se esconden
acciones a veces inconfesables.
(*) José Ramón Ayllón es filósofo y
escritor: www.jrayllon.com
|
Comentarios
Publicar un comentario