Una comunión bien recibida
San Juan María
Vianney predicaba: “Hijos míos, no hay nada tan grande como
la Eucaristía. ¡Poned todas las buenas obras del mundo frente a una comunión
bien hecha: será como un grano de polvo delante de una montaña!”. Y continuaba:
“¡Qué felices son las almas puras que tienen la dicha de unirse a Nuestro Señor
en la comunión! En el cielo brillarán como bellos diamantes (...). ¿Qué hace
nuestro Señor en el sacramento de su amor? Él coge su buen corazón para
amarnos, y de él hace salir un río de ternura y de misericordia para ahogar los
pecados del mundo. Sin la divina Eucaristía, nunca habría felicidad en este
mundo”.
En la Biblia
hebrea aparece muchas veces la palabra natán
que quiere decir dar. Dios nos da el cielo, la tierra, el agua, los dones
naturales y sobrenaturales, pero eso no le basta y luego se da a sí mismo. Dios
hace una serie de promesas, promete una tierra prometida y lo que da es el
Cielo, promete un Mesías, y las expectativas es que será un hombre de la casa
de David al estilo de David, y da más. Dios cumple más de lo que promete, a
diferencia de los políticos; pero estos no lo dan porque no pueden.
El Señor le reveló
a Santa Gertrudis la Mayor: “Vuestra oración es sumamente potente y efectiva
durante la consagración en la Santa Misa (es decir en la elevación) ... Cada
vez que alzas la vista para contemplar el Santísimo Sacramento, tu lugar en el
cielo se eleva un tanto más”.
Si nos preguntamos qué lugar ocupa la Eucaristía en la Historia de la
Salvación, la respuesta es que no ocupa un lugar concreto, sino que la ocupa
enteramente. La Eucaristía es coextensiva a
la Historia de la Salvación: toda ella está presente en la Eucaristía y la
Eucaristía está presente en la Historia de la Salvación. Igual que en una gota
de rocío se refleja toda la bóveda celeste, así también en la Eucaristía se
refleja el arco entero de la Historia de la Salvación. Está presente en el
Antiguo testamento como figura, tipo o sombra; está presente en el Nuevo
Testamento como Acontecimiento y está presente en el tiempo de la Iglesia como
sacramento[1].
La Santa Misa es el más poderoso acto de desagravio para expiar los
pecados. A la hora de la muerte, el más grande consuelo será las Misas oídas en
vida.
Scott Hahn, ex pastor calvinista, fue a Misa por primera vez y cuenta
su experiencia: No sé cómo decirlo, pero me había enamorado, de pies a cabeza,
de Nuestro Señor en la Eucaristía. Su presencia en el Santísimo Sacramento era
para mí personal y poderosa... Veía la Alianza renovada justo frente a mis
ojos... Era esto el evangelio en plenitud (Scott H., Regreso a casa, regreso a Roma, p. 92-93 ).
Presencia
de la Virgen en la S. Misa. Chesterton escribió: “La palabra
Eucaristía es sólo un símbolo verbal... algo tan tremendo que su aserción y su
negación han llegado a parecer una blasfemia, pero que ha estremecido al mundo
con un terremoto de dos mil años”.
BIBLIOGRAFÍA:
Félix María Arocena, En el corazón de la Liturgia, Palabra, Madrid 1999, p. 415s.

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