El Cantar de los Cantares es un enigma (parte 1)
“El Cantar es un enigma”, decía San Agustín. Muchos místicos adoran orar con este libro de la Biblia, libro que trata del amor humano y del amor divino. Está dirigido a los enamorados. Existe la práctica de mirar, de contemplar, a Jesús. ¿Qué clase de Rostro vemos al ver a Jesús en su gloria? ¿Cómo nos ve él? Está en el Cantar de los cantares, es un libro que renueva nuestra mente. Hay dos personajes centrales: el Rey esposo y pastor y la esposa. Hay que interpretar este libro de modo espiritual.
No se exhibe aquí un amor prohibido o culpable, sino
una relación legítima entre esposos. Dios quiere aplicar aquí, a los grandes
misterios de su amor con la humanidad la más vigorosa de las imágenes: la
atracción de los sexos. Sabe que todos la comprenderán porque todos la sienten,
y en ello no ha de verse lo prohibido sino lo legítimo del amor matrimonial.
El Cantar de los cantares está inspirado por el
Espíritu. En el sentido espiritual nos enseña a vernos como la mujer amada y
cortejada por Jesucristo. A un varón le puede parecer difícil ya que debe
desprenderse de lo masculino, hay que saber que es mi alma a quien Jesús busca.
Santa Teresa de Ávila
expresa: las palabras que dices y nos enseñas a decir, en estos cantares,
penetran tan profundamente en el alma que te ama, que no sé cómo podrían
soportarse si Dios no les da fuerzas.
San Juan Pablo
II enseña que en la Iglesia cada ser humano, en la Iglesia, es la esposa. La
Iglesia nos invita a entrar en intimidad con el Rey Esposo, ya que él nos
busca. Lo que Dios comunica aquí es lo que podemos esperar de él.
San Bernardo de Claraval ve
el Cantar como un “canto nupcial”; afirma: “Un cántico de este tipo sólo lo
aprende la experiencia”. Escribe: “El cáliz que bebiste, la obra de nuestra
Redención, me urge más, me enciende más, te hace amable para mí”. Este santo escribió
sólo sobre tres de sus capítulos pues la muerte lo alcanzó.
Contexto para interpretar
Exclama la esposa: “Atráeme en pos de ti” (4,1). Soy
atraída cuando soy ejercitada con tentaciones y tribulaciones; corro cuando soy
visitada por consolaciones, respiro como un ungüento fragante (S. Bernardo,
Sermón Cantar 21, 11).
Si una relación de amor caracteriza a los esposos, no
es impropio llamar esposa al alma que ama a Dios. En los pechos de la
esposa se encontró la fragancia de los ungüentos (4,10). La delicia de los
ungüentos de la esposa son la contrición, la devoción, la piedad. Con la pureza
de la mente se siente la fragancia de los ungüentos del esposo (sabiduría,
justicia, fortaleza).
El alma le expresa su amor al Rey. “Béseme con el beso
de su boca” (1.1), dice la esposa sedienta de Dios, quien ama pide el beso: que
me bese aquél a quien el Padre ungió con el óleo de la alegría (Salmo XLIV, 8).
El beso de la boca de Dios significa también el Espíritu Santo que nos lleva a
conocer a la Trinidad. Todos los santos han deseado ese beso pues en él se
atesoran las alegrías, el gozo, el conocimiento y la sabiduría. El sacrosanto
beso es el misterio de la encarnación del Verbo (según San Bernardo). Esos
primeros versículos son intensos, son un eco de San Juan: “Él nos amó primero”.
Su amor es íntimo desde el principio.
El alma quiere experimentar al Esposo directamente.
“llévame contigo. ¡Corramos!” (1,4). Las singulares cualidades del amado
asombran. Ella dice que es negra, quemada por el sol (negra por fuera, hermosa
por dentro). Aquí se reconoce una inseguridad. Ha vivido en una dinámica de
rendimiento trabajando las viñas de los demás. Aparece el temor al “qué dirán”.
Entonces es invitada a dejar esa actitud, y ella le lleva sus inseguridades al
Rey. Dios quiere que compartamos nuestra vulnerabilidad con Él. El Rey responde
llamándola “hermosa”, y describe las cualidades que lo cautivan, le da
seguridad.
La esposa se desprecia a sí misma llamándose morena
(quizás por el pecado), y alaba al esposo por su hermosura. “Y Él, que tiene
por costumbre ensalzar al que se humilla, poniendo en ella los ojos como ella
se lo ha pedido, en la canción que sigue la llama blanca paloma” (San Juan de
la Cruz, Cántico Espiritual XXXIV).
Hay una fascinación
recíproca entre el rey y su amada.
Hay atributos nuestros que cautivan a Jesús, hay que pedirle que nos los
muestre.
“El Cantar es un enigma”, decía San
Agustín. Muchos místicos adoran orar con este libro de la
Biblia, libro que trata del amor humano y del amor divino. Está dirigido a los
enamorados. Existe la práctica de mirar, de contemplar, a Jesús. ¿Qué clase de
Rostro vemos al ver a Jesús en su gloria? ¿Cómo nos ve él? Está en el Cantar
de los cantares, es un libro que renueva nuestra mente. Hay dos personajes
centrales: el Rey esposo y pastor y la esposa. Hay que interpretar este libro
de modo espiritual.
No se exhibe aquí un amor prohibido o culpable, sino
una relación legítima entre esposos. Dios quiere aplicar aquí, a los grandes
misterios de su amor con la humanidad la más vigorosa de las imágenes: la
atracción de los sexos. Sabe que todos la comprenderán porque todos la sienten,
y en ello no ha de verse lo prohibido sino lo legítimo del amor matrimonial.
El Cantar de los cantares está inspirado por el
Espíritu. En el sentido espiritual nos enseña a vernos como la mujer amada y
cortejada por Jesucristo. A un varón le puede parecer difícil ya que debe
desprenderse de lo masculino, hay que saber que es mi alma a quien Jesús busca.
Santa Teresa de Ávila
expresa: las palabras que dices y nos enseñas a decir, en estos cantares,
penetran tan profundamente en el alma que te ama, que no sé cómo podrían
soportarse si Dios no les da fuerzas.
San Juan Pablo
II enseña que en la Iglesia cada ser humano, en la Iglesia, es la esposa. La
Iglesia nos invita a entrar en intimidad con el Rey Esposo, ya que él nos
busca. Lo que Dios comunica aquí es lo que podemos esperar de él.
San Bernardo de Claraval ve
el Cantar como un “canto nupcial”; afirma: “Un cántico de este tipo sólo lo
aprende la experiencia”. Escribe: “El cáliz que bebiste, la obra de nuestra
Redención, me urge más, me enciende más, te hace amable para mí”. Este santo escribió
sólo sobre tres de sus capítulos pues la muerte lo alcanzó.
Contexto para interpretar
Exclama la esposa: “Atráeme en pos de ti” (4,1). Soy
atraída cuando soy ejercitada con tentaciones y tribulaciones; corro cuando soy
visitada por consolaciones, respiro como un ungüento fragante (S. Bernardo,
Sermón Cantar 21, 11).
Si una relación de amor caracteriza a los esposos, no
es impropio llamar esposa al alma que ama a Dios. En los pechos de la
esposa se encontró la fragancia de los ungüentos (4,10). La delicia de los
ungüentos de la esposa son la contrición, la devoción, la piedad. Con la pureza
de la mente se siente la fragancia de los ungüentos del esposo (sabiduría,
justicia, fortaleza).
El alma le expresa su amor al Rey. “Béseme con el beso
de su boca” (1.1), dice la esposa sedienta de Dios, quien ama pide el beso: que
me bese aquél a quien el Padre ungió con el óleo de la alegría (Salmo XLIV, 8).
El beso de la boca de Dios significa también el Espíritu Santo que nos lleva a
conocer a la Trinidad. Todos los santos han deseado ese beso pues en él se
atesoran las alegrías, el gozo, el conocimiento y la sabiduría. El sacrosanto
beso es el misterio de la encarnación del Verbo (según San Bernardo). Esos
primeros versículos son intensos, son un eco de San Juan: “Él nos amó primero”.
Su amor es íntimo desde el principio.
El alma quiere experimentar al Esposo directamente.
“llévame contigo. ¡Corramos!” (1,4). Las singulares cualidades del amado
asombran. Ella dice que es negra, quemada por el sol (negra por fuera, hermosa
por dentro). Aquí se reconoce una inseguridad. Ha vivido en una dinámica de
rendimiento trabajando las viñas de los demás. Aparece el temor al “qué dirán”.
Entonces es invitada a dejar esa actitud, y ella le lleva sus inseguridades al
Rey. Dios quiere que compartamos nuestra vulnerabilidad con Él. El Rey responde
llamándola “hermosa”, y describe las cualidades que lo cautivan, le da
seguridad.
La esposa se desprecia a sí misma llamándose morena
(quizás por el pecado), y alaba al esposo por su hermosura. “Y Él, que tiene
por costumbre ensalzar al que se humilla, poniendo en ella los ojos como ella
se lo ha pedido, en la canción que sigue la llama blanca paloma” (San Juan de
la Cruz, Cántico Espiritual XXXIV).
Hay una fascinación
recíproca entre el rey y su amada.
Hay atributos nuestros que cautivan a Jesús, hay que pedirle que nos los
muestre.

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