El Cuarto Mandamiento: “Honrarás a tu padre y a tu madre”




 

San Pablo escribe: Hijos obedeced a vuestros padres, os irá bien y vivirán largo tiempo en la tierra (cfr. Efesios 6, 1-14). Luego cita el texto del Deuteronomio, “Honrarás a tu padre y a tu madre como el Señor te ha mandado y serás feliz”, el honor significa que algo tiene peso, consistencia. Honrar es reconocer el valor de la vida. Honrar a Dios quiere decir darle el puesto debido en nuestra existencia.

La familia proporciona los cuidados necesarios, por eso suplir a la familia es imposible, “es el primer y mejor ministerio de sanidad, de economía y de educación”, decía Chesterton. Cuando no hay referencia paterna o materna se da, a veces, el fracaso escolar y puede haber incidencias en la salud mental.

José Ignacio Munilla, Obispo de Orihuela-Alicante, explica: Nuestra infancia es como un escrito en tinta indeleble. Que los padres abandonen el hogar es un drama. Estamos viviendo en una cultura que reivindica el individualismo como ideal, es la exaltación del yo, y eso debilita los valores familiares y las relaciones sociales. Queremos promover la comunión, es decir, la capacidad de pertenecer a una familia, de crear vínculos duraderos.

Hay familias que transmiten valores y saben manejar las tensiones que se producen. Dependiendo cómo se manejen estos parámetros se puede decir que hay cuatro tipos de familias.

1. La familia equilibrada, donde el padre se gana la autoridad moral. Hay autoridad y paciencia; hay cariño y sistema (reglas).

2. La familia represiva tiene pautas para educar, pero no saben manejar las tensiones, se imponen las reglas, y eso produce heridas por un autoritarismo desmedido. La autoridad paterna se impone de modo agresivo, luego hay un efecto de rebote.

3. La familia permisiva es aquella en la que, con tal de que no haya problemas, que cada uno haga lo que quiera, y así se evita crear tensiones. Esa dejadez se disfraza de cariño, pero no se educa, es una acomodación a los egoísmos de cada uno. Hay allí un amor inmaduro que se conforma con un ideal bajo: “Que los hijos no me rechacen”. Esa familia refleja falta de esperanza y pérdida de ideales.

4. En la familia caótica ni se transmiten valores ni se saben manejar las tensiones. Se enfrentan entre sí por tonterías, se maltan pulgas a cañonazos y te tragas los camellos. Tal vez son herederos de sus familias de procedencia, fuiste maltratado y te conviertes en maltratador. De ser víctima de tu familia anterior te conviertes en verdugo.

Para vivir bien el cuarto mandamiento hay que tratar de tener una familia equilibrada, pero de cualquier modo este mandamiento rige en los cuatro tipos de familia. El cuarto mandamiento rige en todas las situaciones, aun en medio de las heridas familiares; no se funda en la bondad de los padres ni en la respuesta de los hijos. Pide respetar y honrar a sus padres, independientemente de su altura moral. Para una vida plena se recomienda reconocer y descubrir la verdad de lo que uno recibe de sus padres, más allá de sus virtudes y defectos. Se han recibido bienes y eso lleva a la reconciliación.  No porque las cosas no han salido como las tenían soñadas, dejo de ser referencia para el hijo.

La familia es el lugar donde descubro la vocación que Dios quiere para mí. No esperes de tus padres lo que sólo Dios puede dar. Tampoco espero algo de mis hijos que sólo Jesús puede dar. Las heridas se pueden ver como una potencialidad, no como un fracaso, son para que yo vea cómo Dios me va a curar. Las heridas son potencialidades para poder amar y servir a los demás. Yo me convierto en una historia de salvación para los demás. Hay que acoger misericordiosamente los límites tanto de los padres como de los hijos.

Hay que transmitir el sentido de la vida y ese lo da Dios. No se trata de transmitir sólo un moralismo en el esfuerzo educativo, se ha de transmitir, además el sentido de la vida, que hay un destino de amor. Sin ello es difícil ser perseverante.

En el mundo anglosajón el deporte clásico ha sido el de la cacería del zorro. Sueltan el zorro y luego lanzan la jauría de perros. La cacería se alarga y, al final, son sólo dos o tres perros los que alcanzan al zorro. Son los perros que vieron al zorro, y corren detrás de lo que han visto, el resto de la jauría corría porque los demás también los hacía, pero poco a poco se descuelgan. Para educar bien hay que ver, saber lo que persigo. Tener esperanza.

Es difícil ser profeta en tu propia tierra, pero tu santificación está en ella, ama a tu familia. Nos santificamos en la vida familiar. Cuidar a los mayores es un hecho que educa a los hijos y es un escenario de santificación. Los ancianos desean no ser un trabajo para los hijos, pero ellos cuidándote se santifican y expían sus pecados.

Dios quiere que honremos a nuestros padres y a los superiores. Nadie es perfecto. Perdona a tu padre, quizás tuvo una niñez de la cual no sanó. Rompe el ciclo y ámalo. Los padres son como un sacramento de la presencia de Dios; el sacramento hace presente algo oculto. En ellos está presente la autoridad de Dios.

La providencia de Dios Padre está por encima de nuestros pecados y de nuestras limitaciones. Para abordar la herida de que, por ejemplo, no fui un hijo deseado, hay que saber que a Dios no se le escapa ninguna circunstancia, y nos ha querido, nos ha elegido y nos ha dado la vida. Estamos llamados a convertirnos para ser buenos hijos, para aprender de Jesús a ser un buen padre, y evocar la parábola del hijo pródigo.

 


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