Ingeniero muere y ve el Cielo
Un ingeniero musulmán llamado Khalid Hamza fue
educado en el Islam y se sabía el Corán bastante bien. Es soltero y estaba
comprometido. A los 33 años ya trabajaba en Ford Motor Company, en Michigan. Un
martes se lavó, hizo sus oraciones acostumbradas, tomó el coche y se fue a
trabajar. Iba por la avenida Michigan, le dolió el brazo y el pecho, le dio un
paro cardiaco, se orilló y una mujer llamó a una ambulancia. Vio la escena
desde fuera -no sintió pánico-, se vio muerto.
Voy a resumir lo que narra él mismo sobre
su experiencia: “Me sentí absorbido; no resistí, no
pude, fui movido gentilmente, pero con muchísima rapidez. Me sentí esperado,
amado, bienvenido. Después vi algo inesperado: por un túnel hecho de luz – luz
tibia e inteligente- que conducía a un lugar elevado; no había viento ni
fuerza, sólo la sensación de ser llevado por el amor. La luz me penetraba y
llenaba mis vacíos interiores. Escuché música, no se instrumentos sino de
voces, millones de voces cantando en una armonía perfecta; no entendí las
palabras, pero comprendí que adoraban con gozo y libertad. Empecé a llorar, ya
no tenía lágrimas, pero lloraba con reconocimiento, sabiendo que eso era lo que
yo había deseado toda mi vida: esta conexión, esta presencia, este amor. El
túnel se abrió, la luz se hizo más brillante mas no hería la mirada. De pronto
yo estaba parado en tierra firme, pero no era como la tierra de nuestro
planeta, era algo suave semejante al pasto, pero se sentía vivo bajo mis pies.
Miré alrededor y quedé sin aliento. Estaba en el Cielo y no era nada similar a
lo que el Islam enseña.
Voy a tratar de explicar mi experiencia, sabiendo que
las palabras de la tierra son completamente inadecuadas para describir aquello.
Es como tratar de describir los colores a un ciego de nacimiento. El paisaje se
expandió en todas direcciones, había montañas cubiertas con el pasto brillante.
Vi flores por doquier de colores desconocidos para nosotros, árboles
hermosísimos son sombras de múltiples verdes, el cielo era azul y, a la vez, de
diversos tonos. Todo se movía y pulsaba, todo tenía vida. La sensación de estar
en casa era abrumadora. Caí de rodillas: “de aquí soy”, pensé. En la tierra me
sentía fuera de lugar como quien usa un traje de otra medida. Aquí yo era quien
se suponía tenía que ser. Me puse de pie. Miré mis manos, no tenían cicatrices,
eran perfectas. Miré mi cuerpo y estaba vestido de blanco, más que de tela,
estaba vestido de luz. “¿Dónde estoy?”, clamé. Sentí que el ambiente respondía
sin palabras: “Estás en casa, estás a donde perteneces”. Me levanté, pensé:
“Esto no puede ser real, ha de ser una alucinación, tuve un accidente y mi
mente crea imágenes bellas”. Sin embargo, sentía que aquello era más real que
cualquiera experiencia vivida. El aire era más sustancial, los sonidos eran más
claros; todo estaba más presente que el mundo físico que dejé atrás.
Fue entonces cuando escuché una voz detrás, una sola
palabra: “Khalid”, pero el tono en que fue pronunciado me heló, la voz en mis
oídos, mi pecho, en mis huesos y en cada célula de mi ser. Volteé, mi corazón,
si aún tengo uno, golpeaba. Vi a un hombre a veinte pies de distancia, con una
túnica blanca que brillaba, hecha de pura luz. No puedo describir sus
facciones. Su cara es la más bella que he visto, pero a la vez, la más
poderosa. Su amor irradiaba olas que inundaban, sus ojos tenían tal
profundidad, tal sabiduría, tal conocimiento de todo lo que yo era y de lo que
había hecho en mi vida; él sabía cada pecado, cada mentira dicha por mí, cada
momento de orgullo, conocía todo secreto guardado. Sabía todo y me amaba de
todos modos. Su amor era incondicional, independiente de mi rendimiento, no era
algo que yo debía ganar, era algo no merecido. Caí de rodillas porque no
podía estar de pie ante esa Presencia. Supe que no era sólo un profeta. Sonrió
y eso rompió mi orgullo. Su voz era tierna, paciente, conmovedora. Todo lo que
creía -mi cosmovisión- se hizo polvo. Le dije que me habían enseñado que Mahoma
era el último profeta, el Corán la última revelación y que creer en Jesús era
el peor pecado. Se puso de rodillas, a mi altura y me explicó: “sé lo que les
enseñan, pero no soy lo que te dicen”. Su voz era la más amable que había
escuchado; no condenaba, estaba llena de gracia. Puso su mano en mi hombro y
sentí una especie de amor líquido en cada herida que no sabía que tenía, amor
fluyendo en todo mi ser. Me dijo: “Te he visto todos los días de tu vida,
Khalid, conozco cada oración que pronunciaste y cada ayuno que hiciste, las
veces que tratabas de ganar la salvación por desempeño. Vi tu sinceridad, tu
devoción, vi cuánto intestaste agradar a Dios”. Mantuvo su mirada en la mía con
una compasión difícil de comprender. Continuó: “Pero tú tratabas de alcanzar un
dios que no es real. Alá no es el Padre; Mahoma no era mi profeta, el Corán no
es revelación divina. El Islam es una mentira creada por el enemigo para
mantener a millones en la opresión y alejadas de la verdad”. Cada palabra era
un martillazo, pero no podía negar lo que estaba experimentando, no podía negar
la verdad que irradiaba de él. Expliqué que yo había luchado para ganar el
paraíso. La expresión de Jesús se volvió más tierna aún, su mano apretó mi
hombro con gentileza. “Ese es el problema Khalid, tu trataste de ganarlo, pero
la salvación no se gana, se recibe. Yo ya pagué el precio de tus pecados cuando
morí en la cruz, tomé el castigo que merecías, resucité y te ofrezco la vida
eterna como un regalo gratuito, no basado en tu desempeño sino en mi gracia”.
Para el Islam esto es blasfemia y yo debía huir, pensé, pero no podía, veía la
verdad con ojos del espíritu, sentía su amor y su presencia. Supe que decía la
verdad y que el Islam era falso. Supe que había encontrado lo que durante toda
mi vida había buscado.
Me rompí ante el peso y el alivio de la verdad y la
sensación de estar en casa. Jesús me acercó, me dio un abrazo, y sentí que cada
carga soportada para ganar la salvación, el miedo de no ser suficientemente
bueno, la ansiedad constante ante el día del juicio, el vacío vivido por
décadas, todo se esfumó en un instante, reemplazado por una gran paz, por gozo
y un amor tan completo que era como volver a nacer. “Bienvenido a casa,
hijo, no tienes que ganarte nada, ya eres mío, siempre lo has sido, sólo que no
lo sabías”, dijo. No sé cuánto duró ese abrazo. El tiempo allá funciona de otra
manera. Me ayudó a ponerme de pie. Yo era el Khalid de siempre, pero era un
hombre nuevo. ¿Estoy en el cielo?, pregunté, aun cuando ya lo sabía. Jesús respondió:
“sí, tu corazón se detuvo, ahora mismo los paramédicos están trabajando en tu
cuerpo en una ambulancia. Has estado clínicamente muerto durante siete minutos,
pero yo te traje aquí porque hay cosas que necesitas ver y entender porque vas
a volver”, asentó. “¿De vuelta?”. El pánico aleteó en mi pecho. “Yo no quiero
regresar. Si esto es real porqué querría regresar”. La expresión de Jesús se
tornó seria. “Porque hay millones de musulmanes sinceros y devotos, como eras
tú, y están perdidos y siguiendo a un profeta falso hacia un dios falso, y
mientras alguien no les diga la verdad, seguirán en ese mismo vacío que tú
sentiste, y morirán y no vendrán aquí”. Sus palabras me golpearon, y recordé a
mis parientes y amigos. “¿Adónde irán?”, pregunté. Jesús dijo simplemente:
“Lejos de Dios, separados por la eternidad, no porque yo lo quiera, morí por
ellos, los amo, pero ellos deben elegirme. Deben encontrar a otro que les
enseñe el camino”. Antes de que pudiera responder, extendió su mano hacia mí y
dijo: “Ven”. Todo era sólido y fluido. Vi millones de personas de todas clases
y épocas. Unos cantaban, otros bailaban alegremente, espontáneamente. “¿Quiénes
son?”, son mi gente, dijo, “son personas que me eligieron y tuvieron fe en mí”.
Expresaban gratitud, adoraban libremente, sin rituales. “¿Dónde están los
musulmanes?”. Su rostro se puso serio: “No alcanzan el cielo. Ese sistema
religioso nunca lo salvará, la sinceridad no hace que la falsedad sea verdad.
Sus oraciones no llegan al Cielo porque no llegan a través de mí, yo soy el
único camino. La bondad, las obras buenas no salvan, sólo yo salvo”.
En el reino espiritual los musulmanes no conectan con
Dios, el cristiano, si está arrepentido, va al cielo. Yo le dije que no era
justo. Explicó: “No es cuestión de justicia, es de gracia. No puedo forzar
a nadie a aceptarme”. Vi a mi abuela en el cielo, Jesús me explicó que una
vecina había rezado años por ella, le prestó el Evangelio y ella creyó y pidió
a Jesús perdonara sus pecados y que la salvara. “Ella me eligió antes de morir”.
Le dije que mis colegas no me creerían. Él me dijo que
algunos sí y algunos no. Me explicó que quien habló con Mahoma era un demonio
vestido de ángel de luz. Se encargó de que las personas no vinieran a mí. Las
mejores mentiras son las que están mezcladas con la verdad y eso fue lo que
enseñó Mahoma. Muchos musulmanes son sinceros, pero si no vuelven a mí, estarán
perdidos, ¿Dónde está Mahoma? “No está aquí”. Pregunté: “¿Cómo puedo explicar
esto? ¡Tratarán de matarme!”. “Lo sé, dijo, pero vale la pena porque ganan la
vida eterna”. Me dijo que debía regresar. Le dije: “No quiero dejarte”. Me
dijo: “Tienes una misión. Tu abuela está aquí porque alguien se atrevió a
compartir el Evangelio con ella. Cuando regreses vas a perder a tu familia,
serás llamado traidor, tu novia te dejará, tus amigos te desconocerán. Me
ganarás a mí, encontrarás nuevos hermanos. Recuerda que el cielo es real, es
más glorioso que lo que te mostré”. “Pero tengo miedo”. Lo sé, pero
nunca te dejaré, cuando te sientas solo, allí estaré yo. Los bellos
paisajes empezaron a desaparecer. “¿Qué les dijo?, ¿Qué es lo más importante?”,
dije desesperadamente. “Diles que los amo, que morí por ellos, que soy el único
camino, que me elijan antes de que sea demasiado tarde, diles que el cielo es
real, que vengan a mí y alcanzaran descanso.”
Regresé, dos paramédicos trabajaban. Sentí espadas calientes perforando mi pecho. “¡Está
de vuelta!”, exclamaron. Traté de hablar, pero no pude. La ambulancia llegó al
hospital. Pensé en mi misión. Los doctores estaban asombrados ante un misterio
que no podían descifrar. Me dijeron que mi mente no se había dañado.
Estuve cuatro días en el hospital. Al segundo día les
dije a mis padres que había visto a Jesús y la verdad. El silencio prevaleció.
Luego mi padre me dijo que estaba blasfemando, que el accidente había dañado mi
cerebro. Le dije: “Por primera vez tengo la verdad”. Mi padre dijo: “Ya no eres
mi hijo”. Las noticias corren. “Khalid ha apostatado, merece la muerte”. Mi
novia envió un mensaje: “Has traído vergüenza a las familias”. Me despidieron
temporalmente de mi trabajo. Perdí mi cultura, mi familia, mi trabajo. Un
compañero de la universidad, Marcus, me contactó, yo no sabía que era
cristiano, y me dijo: “No estás solo, ¿quieres ir a mi iglesia?”. Fui, me sentí
aceptado. Había varios musulmanes convertidos, fueron mi nueva familia. Fui
bautizado seis semanas después. Sentí que unas cadenas que no conocía caían.
La lectura de la Biblia
se sentía con vida. Oré por horas que se sentían como minutos. Empecé a
compartir mi conversión, algunos me amenazaron, otros vinieron a Jesús. Toda
alma vale la pena. Considera si tienes paz real, si tienes ansiedad por no
tener suficientes obras buenas. El Cielo es más bello de lo que puedas
imaginar, pide a Jesús que se revele.
FUENTE: Muslim Engineer
die & met Jesus. What he saw in heaven will shock you. Beyond life NARRATOR,
a partir del minuto 25. https://youtu.be/OwjsNlCoq4g

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