Soldado israelí murió y conoció a Jesús. “Nos están mintiendo sobre Dios”.
Hallazgo oculto. Amir Cohen. Mi fe no era la verdad completa. ¿Quién
eres? Yo soy el camino… quería quedarme allí para siempre. Jesús es el
cumplimiento de toda la Torá. “Si continúas por este camino ya no serás
bienvenido en esta casa”, dijo mi papá. Encontré un grupo de judíos mesiánicos
en Tel Aviv, eran unos diez. Sabía que el camino más adelante sería más
difícil. Cuanto más aprendía sobre Jesús me di cuenta de que debía perder
mucho, quizás todo. Me acordé de las palabras de Jesús de negarse a sí mismo.
Mi comandante me llamó. Mi mente a mil por hora. “He oído cosas inquietantes de
ti, has estado hablando de Jesús. Es apartarte de las tradiciones.” No puedo
negar la verdad. Si guardaba silencio estaría negando todo lo que Jesús me
dijo. “Serás reasignado lejos de aquí, en el Neguev”. Era una forma de aislarme
en el desierto. En el Neguev, una noche miré las estrellas. Me recordaron
palabras de Jeshúa; “Yo estaré contigo siempre”. Era tiempo de reflexión.
Despojado del ruido me encontré leyendo la Biblia y haciendo oración. Pasé a
los salmos, sus palabras resonaron profundamente, este desierto era parte de mi
camino espiritual. Conocí a un soldado, Abi. Compartimos historias sobre
nuestras vidas. Abi me preguntó sobre Jesús. Le dije: Pienso que Jeshúa es el
Mesías. Compartí toda mi historia cercana a la muerte. ¿Crees que él es toda la
verdad? Preguntó. Le dije que sí. Poco tiempo después un jefe me llamó la
atención. La oposición, el rechazo, me confirmó en la decisión. Cuando la
presión aumentaba, crecía mi fortaleza.
Una tarde Abi preguntó:
¿Alguna vez te has arrepentido de haber conocido a Jesús? “Hecho de menos la
simplicidad, pero no me arrepiento de lo que he encontrado, he encontrado paz”.
Abi dijo: “Quiero saber más”. Más tarde un soldado me dijo: “He oído que has
estado hablando sobre Jesús”, le dije: “Sí, es verdad”. Podía sentir el cambio
en el ambiente. Una paz se instalaba sobre mí. Llegó el día temido, el oficial
dijo: “Has estado hablando libremente sobre Jesús, es una cuestión de lealtad…
Tenemos que darte de baja”. Todo se estaba desvaneciendo. “Entiendo”, dije. El
proceso fue rápido.
La verdad se asentó en lo
profundo de mi alma. Podía enfrentar cualquier cosa. Abi también fue afectado,
su transformación era palpable. Sin la camaradería del ejército la soledad era
más grande. Abi me contactaba cada semana, era un consuelo. Un día me dijo que
quería reunirse conmigo en persona. Nos vimos en un café. Él dijo: “No tengo
todas las respuestas, pero quiero seguir a Jeshúa”. Aún había miedo en su voz. “Quiero
estar completamente dentro, sé que no va a ser fácil”. Le dije: “No hay nada
como conocer a Jeshúa”.
A medida que la noticia
de Ani se esparcía, los murmullos empezaron. Una tarde mi padre llamó. “No es
nuestra identidad, me estás rompiendo mi corazón”. Le dije: “Padre, te amo. He
encontrado la verdad, no se trata de rechazar nuestra herencia, pero no puedo
negar a Jesús”. Dijo: Te amo. No olvides quien eres”.
La resistencia que
enfrentamos no desapareció. Estaba donde Dios quería que estuviera, Él me
estaba refinando. Tenía a Jeshúa a mi lado. Enfrenté un creciente aislamiento
de mi familia, pero ya no les tenía miedo. Abi y yo crecimos en nuestra fe
juntos. Conocimos a otros creyentes. Un día regresé a casa de mis padres. Mi
padre parecía distante. Nos sentamos a cenar, sentí el peso de seguir este
camino. No podían entender. “Amir, puedo ver que has cambiado…”. “Papá, te amo,
pero no puedo negar lo que he encontrado en Jeshúa”. Mamá dijo: “Puedo ver una
paz que no había visto en ti antes”. La semilla había sido plantada. Mi
relación con mi familia comenzó a cambiar, había una apertura. Seguí orando.
Compartimos la esperanza con otros, vimos vidas transformadas. El costo de seguir
a Jeshúa era poco en comparación con la recompensa, con mi fe. Ya no era quien
había sido. Jeshúa me dio esperanza en medio de las pruebas. Jesús te está
esperando. Busca la verdad.

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